Frost y Barnier, los dos negociadores incombustibles del «brexit» por los que pasó el futuro del Reino Unido y de la  UE

Patricia Rodríguez / Javier Albisu LONDRES, BRUSELAS | EFE

INTERNACIONAL

Francisco SecoReuters, Olvier Hoslet

El británico, un diplomático muy discreto y archiconvencido de las supuestas ventajas de salir de la Unión, y el francés, un político europeísta y ecologista convencido

24 dic 2020 . Actualizado a las 19:13 h.

De mente brillante y poco amigo del ruido mediático, David Frost ha sido la cara más visible del Reino Unido en el agotador pulso dirimido con el francés Michel Barnier para desenmarañar las negociaciones entre Londres y Bruselas en busca de un pacto posbrexit.

Antes de esta saga interminable en la que terminó convirtiéndose el diálogo entre el Reino Unido y la Unión Europea (UE), el negociador jefe británico, de 55 años, era prácticamente un desconocido.

Respetado y apreciado en los pasillos de Downing Street, ante cada nuevo escollo surgido con sus vecinos continentales, Frost tiraba de resiliencia y de una evidente determinación ideológica.

Es, de hecho, uno de los pocos diplomáticos de este país realmente convencidos, a estas alturas, de las ventajas que (supuestamente) reportará la salida del club comunitario.

Nacido en la ciudad inglesa de Derby, y con una licenciatura en Francés e Historia por la prestigiosa universidad de Oxford, donde centró sus estudios en Historia medieval europea y Francés Medieval, asumió esa crucial misión el pasado enero.

Casado en segundas nupcias con la diplomática británica Harriet Mathews, y padre de dos hijos, Frost, que se maneja con soltura en francés, alemán, griego, danés y tiene nociones de gaélico, cuenta con un amplio currículo en el campo de la diplomacia, sobre todo al comienzo de su carrera, que despegó en 1987, cuando se unió al Ministerio de Asuntos Exteriores.

El negociador británico, que entre sus aficiones cita las novelas detectivescas, las historias de fantasmas, el fútbol y a Richard Wagner, no cayó rendido ante los encantos de la UE cuando en 1993 trabajó desde Bruselas como representante británico para asuntos económicos y financieros.

Al contrario, según filtran sus allegados, se desilusionó por el «idealismo» tan alejado de la realidad que destilaba, a su parecer, el proyecto europeo.

Amplia trayectoria diplomática

Durante su dilatada trayectoria diplomática, ha sido embajador en Dinamarca, ha trabajado en la misión para el Reino Unido en la ONU en Nueva York y también, entre otros cometidos, ha sido consejero económico en la Embajada británica de París, en el 2001.

En el  2013, dejó esos derroteros y se convirtió en el consejero delegado de la Asociación del Whisky Escocés, donde, irónicamente, se le pagó por cabildear ante el Ejecutivo en favor de mantener los beneficios del mercado único.

Tres años más tarde, Boris Johnson, entonces titular del Foreign Office en el Gabinete de la ex primera ministra Theresa May, lo nombró asesor especial. Y fue en esa etapa cuando consolidó el poderoso vínculo que le une al ahora jefe del Ejecutivo.

A comienzos del 2019, Frost se convirtió en consejero delegado de la Cámara de Comercio e Industria de Londres; fue miembro del Consejo de Asesores del centro de pensamiento euroescéptico Open Europe y asesoró sobre el brexit al Gobierno escocés en Edimburgo.

Johnson lo nombró asesor de Seguridad Nacional en junio del 2020, en sustitución de Mark Sedwill, quien dejó ese cargo en medio de tensiones irreconciliables (muy aireadas por la prensa) con el equipo de Johnson.

Polémica

El nombramiento de Frost -que mantenía paralelamente su puesto al frente de las negociaciones del brexit- generó gran descontento y críticas aireadas en público.

La designación no gustó entre los servicios de seguridad del país ni en el seno del ejército, al considerar que el nuevo asesor no daba la talla y no estaba lo suficientemente cualificado para el papel, según el diario Financial Times.

Fue cuestionado asimismo por el ex secretario del Gabinete lord O'Donnell y el exasesor de Seguridad Nacional lord Ricketts, quienes expresaron sus temores a que la «imparcialidad» del funcionariado británico se pudiera «erosionar» con el nombramiento de un asesor especial para ese puesto o incluso por la anterior primera ministra, Theresa May.

Sedwill comentó al respecto que «la autoridad de David [Frost] parte realmente de su proximidad con el jefe de Gobierno; el grado con el que él puede hablar en nombre del primer ministro dentro del Gobierno y en el extranjero».

En su papel como negociador con Bruselas, Frost ha echado mano de las cualidades que le llevaron a ser el designado para mantener intocables las líneas rojas trazadas por su Gobierno: su experiencia en Bruselas, su rodaje en la diplomacia europea y sus conocimientos de política comercial.

Nadie duda de que sobre sus hombros ha recaído un peso abrumador en los últimos meses: frenar golpes y templar aguas en la compleja marea de negociaciones con sus vecinos europeos, una labor en la que Frost ha jugado un papel crucial para dar forma al futuro de este país.

Michel Barnier, la cara del brexit en la UE

En más de 1.500 días como negociador europeo del brexit, tiempo en el que al otro lado del canal de la Mancha se han sucedido cuatro interlocutores británicos y dos primeros ministros del Reino Unido, el francés Michel Barnier se ha convertido en la cara del brexit en la Unión Europea (UE).

En un plano personal, tras días de negociaciones contra reloj y la última noche en blanco, Barnier señaló este jueves que alcanzar un acuerdo supone un «alivio» para él.

Se acabaron los Erasmus en el Reino Unido

Como lamento solo dejó en el aire que «el nivel de ambición (en el acuerdo de esta Nochebuena) en cuanto a la movilidad de los ciudadanos no está en consonancia con nuestros lazos históricos», y señaló, como ejemplo, que el Gobierno británico haya decidido «no participar en el programa de intercambio Erasmus» para universitarios.

Ahora, al borde de los 70 años, teórica edad máxima de trabajo para los empleados de la Comisión Europea, está por ver si Bruselas buscará acomodo a esta circunstancia si continúa representando a los Veintisiete en eventuales negociaciones con Londres.

En este tiempo, el excomisario europeo de imponente estatura, melena blanca y ojos azules ha hecho gala de la fama de hombre discreto, práctico y meticuloso que le precedía.

Barnier (La Tronche, 1951) ha estado acompañado en su viaje al epicentro del brexit por su escudera alemana Sabine Weyand, actualmente directora general de Comercio de la Comisión Europea, y en el último tramo de periplo, por la española Clara Martínez, antigua jefa de gabinete de Jean-Claude Juncker.

«Seguiremos manteniendo una actitud tranquila y respetuosa y nos mantendremos unidos y decididos hasta el final de estas negociaciones», «El reloj está haciendo tic-tac» o «Persisten algunas diferencias significativas» son algunas de las frases que, como un mantra, ha ido repitiendo durante los distintos tramos de conversaciones.

Barnier, el político conservador que a los 14 años sintió la llamada de la política inspirado por el general Charles de Gaulle, atesoraba un expediente casi inmaculado en cuatro décadas de gestión pública tras finalizar sus estudios de Comercio en París que no parece haber empañado durante la negociación con Londres.

Barnier ha capitaneado casi sin fisuras los intereses de veintisiete países con una población de 446 millones de personas.

El anexo sobre Gibraltar

Las concesiones sobre Gibraltar que Barnier no había acordado previamente con Madrid al anunciar a finales del 2018 el acuerdo de salida del Reino Unido, y que se solventaron con una declaración anexa al documento, es una de las pocas fricciones que se le recuerdan.

Mientras tanto, al otro lado del estrecho de Calais, el Parlamento británico llegó a rechazar tres veces el pacto firmado por la entonces primera ministra Theresa May, que abandonó Downing Street lamentando marcharse «sin haber sido capaz de culminar el brexit» y que cedió el testigo al también conservador Boris Johnson.

Europeísta y ecologista convencido, tras haber trasegado por casi todas las capas de la política nacional y comunitaria (diputado, senador y ministro, eurodiputado y eurocomisario), Barnier ha rozado también la presidencia de la Comisión Europea.

Intentó ser el candidato democristiano en la carrera que dio el despacho más importante de Bruselas al también conservador Jean-Claude Juncker entre el 2014 y el 2019 y su nombre sonó con fuerza en las quinielas para el puesto que ocupa ahora la alemana Ursula von der Leyen.

La única mácula de su expediente es el referendo francés sobre la Constitución Europea del 2005, cuando era ministro de Exteriores en el Gobierno de Jean-Pierre Raffarin, su amigo y compañero de estudios en la parisina escuela de negocios ESCP. Francia votó «no» y Barnier perdió el puesto.

Desde entonces, este hijo de artesano con fama de hombre correcto, leal y con cultura del consenso al que se le achaca falta de carisma y sentido del humor, no ha vuelto a tropezar, salvo por algún trompicón ocasional expresándose en la lengua de Shakespeare,

Casado con Isabelle Altmayer, con quien ha tenido tres hijos que ya le han hecho abuelo, Barnier es un hombre católico, sobrio y madrugador al que le gusta correr, la bicicleta, la natación y pasear por las montañas de su Saboya natal, donde disfruta cocinando para sus amigos pescado con espinacas, resumen fuentes próximas a quien llaman Monsieur Brexit.