Un capo siciliano encarcelado: «Presidente, le pido ser fusilado»

La misiva del mafioso condenado a cadena perpetua ha reabierto en Italia el debate sobre las duras condiciones del régimen penitenciario

Rosy Bindi, expresidenta de la Comisión Parlamentaria Antimafia, considera por su parte que el '41 bis' es una medida «muy eficaz» que evita que los jefes del crimen organizado puedan mantener su autoridad
Rosy Bindi, expresidenta de la Comisión Parlamentaria Antimafia, considera por su parte que el '41 bis' es una medida «muy eficaz» que evita que los jefes del crimen organizado puedan mantener su autoridad

Roma | Colpisa

«Ilustrísimo presidente, no pretendo suicidarme. Son ustedes los que deben hacer cumplir la sentencia, por lo que pido ser fusilado en el patio de la cárcel. Así acabamos de una vez por todas con esta situación porque, después de 24 años, no quiero seguir muriendo todos los días, sino morir una sola vez». Son las palabras que Salvatore Cappello, antiguo capo mafioso siciliano condenado a cadena perpetua, escribe en la carta enviada al presidente de la República italiana, Sergio Mattarella.

Su petición de recibir la pena de muerte ha reabierto el debate en el país acerca del posible trato inhumano que supone el «41 bis», el durísimo régimen carcelario contemplado para los jefes de los clanes mafiosos.

Tanto el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura como el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos han criticado a Italia en más de una ocasión por las condiciones del «41 bis», que suponen el aislamiento casi total del detenido. Debe pasar la condena en una celda individual, solo puede ver a un recluso durante las horas de socialización y en ningún momento goza de privacidad, pues está controlado las 24 horas del día por los agentes penitenciarios. Además, no se le permite tener objetos personales y los contactos con familiares están reducidos al mínimo: solo una hora de coloquio al mes separado por un cristal.

El «41 bis» se aplica a los capos mafiosos desde 1992, el año en que fueron asesinados por la Cosa Nostra siciliana los magistrados antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. Actualmente hay unos 750 presos en este duro régimen, como Cappello.

«He muerto ya tantas veces que no lo soporto más. Cuando miro a los ojos de mis hijos y de mi mujer pienso que la condena a muerte es también para ellos. Y no quiero que mueran todas las veces que me renuevan [el «41 bis»] con excusas banales y sin fundamento. Por eso pido morir», escribe este antiguo delincuente, que asegura que hace más de una década que rompió con su pasado criminal.

Este régimen carcelario es la pesadilla de los mafiosos, hasta el punto de que en las supuestas negociaciones entre el Estado y la Cosa Nostra para acabar con la campaña de atentados a principios de los noventa del siglo pasado, una de las condiciones que habrían exigido los capos era acabar con el «41 bis».

«La Constitución italiana habla de la función de reeducación de las penas, pero en este régimen carcelario resulta muy difícil verla. El Estado considera a estas personas irrecuperables y les echa un pulso para ver cuánto aguantan», considera Michele Miravalle, investigador de la Universidad de Turín y miembro de Antigone, asociación que tutela los derechos de los detenidos. «La 'cárcel dura' tiene una función punitiva para los capos de las organizaciones criminales. Pretende evitar que tengan cualquier tipo de comunicación con el exterior, pero también ofrece un valor simbólico muy fuerte. Muestra a los mafiosos qué futuro les espera», explica Miravalle.

Medida «muy eficaz»

Rosy Bindi, expresidenta de la Comisión Parlamentaria Antimafia, considera por su parte que el «41 bis» es una medida «muy eficaz» que evita que los jefes del crimen organizado puedan mantener su autoridad. «No debe eliminarse ni ablandarse apelando a las condiciones humanitarias, pues supondría devolverles a los capos su poder cuando están en prisión. Si se tiene en cuenta la situación de las cárceles italianas, los reos en "41 bis" son casi unos privilegiados, pues cuentan con una celda para ellos solos», asegura Bindi, y añade: «No hay crueldad por parte del Estado».

La expresidenta de la Comisión Parlamentaria Antimafia recuerda que al visitar a Salvatore Totò Riina, capo histórico de la Cosa Nostra, cuando estaba ingresado en el área para detenidos del hospital de Parma, comprobó que «estaba atendido más o menos como cualquier otro anciano italiano». Para que un mafioso pase de la «cárcel dura» a un régimen de reclusión más ligero solo tiene un camino: colaborar con la Justicia y delatar a los que fueron sus compañeros.

«El Tribunal Constitucional dijo con una sentencia del 2001 que se debe probar la ruptura de la conexión con la organización criminal. ¿Y eso cómo se hace? Colaborando con los magistrados. Formalmente no se dice que sea un requisito, pero en la práctica es lo que ocurre», explica Miravalle. Aunque no conoce los detalles del caso, este activista considera que la petición de ser fusilado por parte de Cappello muestra el enorme sufrimiento físico y psicológico que supone el «41 bis».

Bindi, en cambio, cree que la carta no es más que «un acto propagandístico». La oficina del Garante de los Detenidos publicó un informe tras visitar a todos los reos en este régimen en el que advirtió que sus condiciones de detención resultaban «inaceptables».

 

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