A veces, lo más democrático que puede hacer un Parlamento es disolverse. Es lo que ha hecho, finalmente, la Cámara de Westminster, después de más de dos años de despropósitos y una falta de representatividad clamorosa. Baste un solo dato: al final de la legislatura nada menos que 52 diputados se encontraban en un partido diferente de aquel por el que fueron elegidos, con algunos casos verdaderamente llamativos, como el de Luciana Berger, Angela Smith o Heidi Allen, que llegaron a cambiar hasta cuatro veces de siglas. Esta última, habiendo conseguido el escaño por el Partido Conservador, acabó en el izquierdista Partido Liberal-Demócrata, que en su distrito había obtenido un exiguo 18 por ciento de los votos contra ella misma.

Esta apoteosis del transfuguismo es, por supuesto, el resultado de las diferencias de opinión sobre la salida de Gran Bretaña de la UE, que, a pesar de haber sido aprobada en referendo por el electorado, figurar en el programa electoral de los dos principales partidos (conservador y laborista) del 2017 y haber sido confirmada por el Parlamento, ha seguido contando con la oposición de una parte considerable de los diputados, muchos de ellos elegidos en distritos donde el brexit ganó aplastantemente en el referendo.

Esta falta de representatividad, y no el proceso en sí mismo, es lo que ha convertido el brexit en un circo. Una y otra vez, el Parlamento ha bloqueado cualquier intento de cumplir con el mandato popular, para lo que ha contado con el apoyo crucial del speaker (presidente) del Parlamento, John Bercow, que también cesa ahora en su cargo. La prensa, desesperada en su oposición al brexit, ha ensalzado como un héroe a este personaje que tan poco lo merece. Procedente de la extrema derecha del Partido Conservador, pero enfrentado a él por resentimientos personales, con una investigación en marcha por acoso a sus empleados, Bercow ha hecho un daño incalculable a la institución que preside. Para dar ventaja a los contrarios al brexit, ha roto reglas parlamentarias con siglos de antigüedad, garantías que ahora será muy difícil restaurar. Se han celebrado mucho sus famosos gritos de Order! Order! (¡Orden! ¡Orden), pero el legado de este Carme Forcadell británico es más bien el del desorden constitucional. 

Por lo menos, la convocatoria de elecciones les da a todos lo que dicen querer. Boris Johnson, a quien por ahora sonríen las encuestas, puede soñar con una mayoría clara que le permita hacer aprobar su acuerdo de salida de la UE sin más sobresaltos ni dilaciones. Pero los antibrexit también tienen el segundo referendo que pedían, porque las elecciones de diciembre van a ser otra batalla más en torno al asunto; esperemos que la definitiva. Qué Parlamento resultará de los comicios nadie lo sabe, pero lo que es seguro es que será más representativo que este que termina su recorrido ahora. Una vez más, los electores tendrán la palabra. Quizá esta vez los políticos se avengan a obedecer su mandato, sea este el que sea.

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Adiós al Parlamento de los tránsfugas