Bolsonaro ignora la huelga general y se centra en el ruido

El presidente inaugura la Copa América de fútbol esquivando referirse a las manifestaciones contra la reforma de las pensiones

Jair Bolsonaro, en el partido inaugural entre Brasil y Bolivia, en la Copa América de Fútbol, en Sao Paulo
Jair Bolsonaro, en el partido inaugural entre Brasil y Bolivia, en la Copa América de Fútbol, en Sao Paulo

BRASILIA / CORRESPONSAL

En la tercera gran manifestación que recorre el país en apenas un mes, Brasil vivió el viernes una jornada de huelga general, convocada por centrales sindicales y organizaciones estudiantiles contra la reforma de las pensiones que planea Jair Bolsonaro. La fecha no era casual: se buscaba amplificar los cortes en el transporte público, los problemas de tráfico en las grandes capitales, las aulas cerradas y las más multitudinarias marchas nocturnas con el inicio de la Copa América de fútbol. En este escenario, el presidente brasileño lo tuvo claro: ignoró la huelga, sobre la que no hizo valoración alguna, y acudió al estadio de Morumbi, en São Paulo, para presenciar la victoria de Brasil sobre Bolivia en el partido inaugural,

Bolsonaro cerró su día entrando por la puerta 17 del estadio, el número de su candidatura electoral. Un día para el que no prestó atención a los problemas de metro en São Paulo o Río de Janeiro, la irregularidad de algunos servicios, el paro en factorías de Petrobras y el cierre de aulas en las universidades. Luego, por la noche, São Paulo acogió la mayor de las manifestaciones del país. «La prensa y los rios cerraron los ojos ante ese incompetente ambulante. Demostraremos en las calles que somos mejores que Bolsonaro», dijo en la vertebral avenida Paulista Fernando Haddad, el candidato del PT derrotado por el ahora presidente. La jornada de huelga tuvo algunos brotes violentos (un atropello de un conductor frustrado en Río, algún tiro de balas de goma en la capital carioca, un coche incendiado en São Paulo) y unos 70 detenidos en diferentes ciudades.

No hubo valoración oficial de miembros del Gobierno. La líder del ejecutivo en el congreso, Joice Hasselmann, calificó la huelga de fiasco. «No pararon ni los autobuses», dijo, además de atacar a los funcionarios que la secundaron: «Los paros se hacen en fin de semana». El gobernador de São Paulo, João Doria, ya avisó de que empleados del metro pueden ser despedidos si secundaron la huelga. Uno de los hijos de Bolsonaro, Eduardo, llamó «miserables» a los manifestantes, manipulados por lo que llama «esquerdalha».

Bolsonaro no se manifestó porque el presidente prefiere enfangarse en otro tipo de ruido. Es fácil deducir lo que opina sobre el movimiento sindical tras acusar ayer al presidente de Correos (el general Juárez Aparecido) de comportarse «como un sindicalista» al defender que la empresa siga siendo pública, por lo que será despedido. Aún intentando apagar el fuego de los mensajes interceptados a su ministro de justicia, Sérgio Moro, Bolsonaro acumula en 6 meses de legislatura tantas protestas masivas en su contra como dimisiones en su equipo ministerial. La última, la del general Santos Cruz, que llevaba la cartera de la Secretaría de Gobernación. El exministro era objetivo de críticas del ala más ideológica del entorno del presidente, que convierte a los militares en moderados en comparación.

Bolsonaro prefirió hablar de otras cosas, como de Lula da Silva (tras ser atacado por él en una entrevista, dijo que el expresidente tenía la barriga llena de cachaça e insinuó que viajaba en el avión presidencial con una amante), o de la decisión del Tribunal Supremo de equiparar la homofobia con el racismo («Los empresarios no van a contratar homosexuales», concluyó). Quien sí debatió las pensiones fue su ministro de Economía, Paulo Guedes; «El Congreso se ha rendido al lobby de los funcionarios», atacó ante la insistencia de los parlamentarios en suavizar su reforma.

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