Bolsonaro moviliza a sus bases contra enemigos internos y externos

Decenas de marchas defienden al presidente y atacan a los jueces y aliados parlamentarios

Simpatizantes del presidente Jair Bolsonaro se manifiestan en la Orla de Copacabana
Simpatizantes del presidente Jair Bolsonaro se manifiestan en la Orla de Copacabana

Brasilia / Corresponsal

Medio centenar de protestas volvieron a sacar los colores verdeamarelos a las calles de las principales ciudad de Brasil. La camiseta de la selección de fútbol que se usó como marca en contra de la izquierda y del Gobierno de Dilma Rousseff fue la prenda referencia en las manifestaciones organizadas este domingo por asociaciones cercanas a la ideología del presidente Jair Bolsonaro, convocadas con un fin poco claro hace un mes, pero repensadas como una muestra de respaldo al ultraderechista, su dificultad para sacar adelante sus reformas más profundas e ideológicas y como ataque a los enemigos que se lo impiden, tanto dentro como fuera de su Gobierno.

Con seguimiento desigual, desde el más multitudinario escenario de Río de Janeiro a la discretísima manifestación de la capital, Brasilia, los manifestantes mezclaron eslóganes conocidos («Nossa bandeira nunca será vermelha», en referencia al color de los comunistas) con alusiones hirientes al sistema judicial brasileño, a miembros del bloque conservador del Congreso (considerados «traidores») e incluso a los militares del Ejecutivo Bolsonaro («pueden ir a tomar por ese sitio», rezaban los cánticos). Mientras, se ensalzaban las figuras de los superministros del ala civil, el de Economía, Paulo Guedes y el de Justicia, Serio Moro. Un hinchable gigante identificaba en Brasilia al magistrado que encarceló a Lula con Superman.

Bolsonaro y sus más cercanos colaboradores hicieron hincapié en no acudir a las marchas para reforzar la idea de espontaneidad y de respuesta natural a las más multitudinarias protestas de los estudiantes hace un par de semanas («Quem trabalha protesta aos domingos», ironizaron los seguidores del ultraconservador). «Esto es un aviso contra los que no dejan que el pueblo se libere», dijo el presidente desde una iglesia evangélica en la mañana del domingo. Sí retuiteó en su cuenta oficial numerosos vídeos de los diferentes actos. Respaldando estas manifestaciones, Bolsonaro se encara de manera directa con el poder judicial del país, al que acusa de sabotear sus medidas más profundas, así como el llamado centrão, la amalgama de siglas conservadoras que no se pliega a su idea nacionalista y actúa como siempre ha actuado: negociando su voto para las reformas al mejor postor.

Pero Bolsonaro también apunta al ala militar de su Gobierno, visto con recelo por el grupo más ideológico de su gabinete. El presidente reacciona así a la dura resistencia que encuentra en un Congreso muy fragmentado para apurar sus reformas mientras su popularidad cae en picado. Especialmente, la de las pensiones, eje de su programa económico antes de afrontar privatizaciones multimillonarias. «Si la reforma no se aprueba como yo la planeo, dejo el Gobierno”, avisó Guedes esta semana. «Nuestro matrimonio sigue como el primer día», quitó hierro el tres veces casado Bolsonaro. Un todo o nada con apenas seis meses de legislatura.

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