Los cien días de ruido de Jair Bolsonaro

El Gobierno brasileño sufre un duro desgaste de imagen, enredado en debates estériles, lastrado por ministros polémicos e incapaz de aprobar medidas prácticas


Brasilia / corresponsal

«No tiene sentido disculparme por haberme meado en la cama cuando tenía 5 años». Jair Bolsonaro mantiene siempre un rictus similar, bien un estoico gesto de tipo militar, bien una sonrisa entre burlona y de estrella de cine que se convirtió en la favorita de sus seguidores en redes sociales, la verdadera base de su fulgurante ascensión. El presidente de Brasil demostró, con esa respuesta, que tampoco es amigo de la autocrítica, ante las preguntas incesantes para esclarecer errores y meteduras de pata cuando se cumplen el miércoles los 100 primeros días de su Gobierno

Un arranque de legislatura que ha confirmado los peores presagios de sus críticos y ha desencantado a buena parte de su base de apoyos políticos, al mismo tiempo que surgen voces de desengaño entre los que le votaron.

En apenas tres meses, el Gobierno de Bolsonaro (y el propio presidente) han protagonizado numerosas contradicciones públicas, se han enredado en debates estériles y ha perdido un ministro (otro dos están en capilla) por corrupción o pérdida de confianza. En el bagaje de la nueva gestión, apenas la aprobación exprés del decreto para comprar armas, el despido masivo de empleados rasos en algunos ministerios con la justificación de la limpieza del marxismo en el país, y el fin de la convocatoria de empleos públicos en algunas agencias estatales cuyo futuro está cercano a la desaparición.

La retahíla de titulares llamativos y tuits explosivos se estrella con la realidad del muy fragmentado Parlamento brasileño, en el que ni la mayoría conservadora y ultraconservadora le permite a Bolsonaro pasar el rodillo de las medidas de más peso de su programa. Pocos ejemplos mejores que la reforma de las pensiones, la estrella de sus escasas propuestas económicas.

Primero, el equipo económico y el ala civil de su Gobierno tuvieron que corregir a Bolsonaro cuando quiso adelantar aspectos de la reforma aún en enero. Después, el titular de Economía, el neoliberal Paulo Guedes, amenazó con dejar el Ejecutivo si «ni el presidente ni el Congreso tienen interés en mi reforma». Ajeno a cualquier trajín de la política, Guedes se ha visto obligado a bajar al barro y negociar con los parlamentarios párrafo a párrafo su reforma de las pensiones. Por ahora, con escaso éxito y esquivando el terreno de los privilegios mantenidos a los militares.

Fuera de eso, el ruido. Desde una discusión estéril generada por la visita de Bolsonaro a Israel y su calificación del nazismo como un movimiento de izquierda a la caracterización del carnaval brasileño como una orgía depravada de fomento de la homosexualidad, pasando por una visita oficial a Estados Unidos que fue calificada de «vasallaje» hasta por los partidos de la derecha. Trabajadores de oenegés afincadas en Brasilia asumen que el trato diario con instituciones oficiales es a través de militares, mayoría en cargos intermedios cuando no titulares de ministerios (todos los nombramientos fueron apalabrados en reuniones de transición comandadas por militares).

Aún así, la sincronía entre Bolsonaro y el ala castrense de su Gobierno se ha visto afectada por intercambios dialécticos a través de los medios, alimentando las peores sospechas en los mentideros políticos de la capital: que la situación de ingobernabilidad pueda desembocar en un impeachment que lleve al vicepresidente, el general Mourão, a la presidencia.

El desastre en el Ministerio de Educación (uno de los pilares del plan bolsonarista de reforma ética y moral del país) con el despido anunciado del aún titular Ricardo Vélez, las meteduras de pata de su ministra de Derechos Humanos (la polémica Damares Alves), el enfrentamiento en las estructuras de su Gobierno entre militares y partidarios del excéntrico y base de su pensamiento ultraconservador Olavo de Carvalho, y la sombra de sus tres hijos mayores (y sus turbios negocios y acusaciones de corrupción) quitan en apenas cien días el lustre que podía tener el Gobierno Bolsonaro.

El índice de aprobación es el peor de un presidente desde la restauración de la democracia en 1985. Solo un 32 % considera que su gestión es buena, según Datafolha.

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