Un presidente incontrolable y radicalizado


nueva york / colpisa

«Sobrevivientes en la Casa Blanca». La portada del New York Post que caricaturizaba al equipo de gobierno de Trump como los concursantes de un reality se publicó por primera vez en julio del 2017 y apenas cuatro días después tuvo que ser actualizada. «Otro que muerde el polvo», tuiteó el periódico, con una cruz roja sobre el jefe de Personal de la Casa Blanca Reince Priebus. A estas alturas, quien lo reemplazó también ha caído. El general John Kelly ni siquiera llegó a aparecer en la foto. De la portada que simboliza el caos de Trump en la Casa Blanca solo quedan su yerno Jared Kushner y su asesora de comunicación Kellyanne Conway, esta última sumida en una crisis matrimonial y profesional por las críticas de su marido al presidente, al que llama «narcisista» y «psicópata». Trump tiene una entrada en Wikileaks con el número de bajas de su Gabinete y una página interactiva en la CNN que permite llevar la cuenta (59, según la última actualización). Como quiera que se cuente, Trump ha batido todos los récords en los dos años de gobierno que se cumplieron este domingo. Y con cada despido se agotan las esperanzas de imponer la cordura en la Casa Blanca.

En julio del 2016, cuando el Partido Republicano invistió candidato a Donald Trump en la convención de Cleveland, el portavoz del Congreso, Paul Ryan, intentó tranquilizar a los diplomáticos de medio mundo asegurándoles que la beligerante retórica de Trump se acabaría la noche electoral. Pero Ryan ya no está en el cargo. Tampoco Priebus, el presidente del Partido Republicano que le acompañó hasta la mansión presidencial como jefe de Gabinete para asegurar el orden.

Si algo ha quedado claro es que a Trump no le controlan ni sus hijos. Los líderes del mundo ya lo han comprobado. Theresa May y Angela Merkel nunca llegaron muy lejos en su amistad con el presidente, aunque a la primera le agarrase la mano y a la segunda ni se la estrechase. Justin Trudeau pasó de ser «muy talentoso» a «débil y deshonesto», como Emmanuel Macron, su «amigo especial», que acabó recibiendo el azote de sus tuits, «porque tiene índices de aprobación muy bajos en Francia, 26 %», le atacó.

Con los índices más bajos que haya tenido un presidente estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, Trump tampoco puede presumir, pero al menos hoy son mayores que hace un año: 40,4 % frente al 38,4 %, según Gallup. Ha hecho bueno a Reagan, que ostentaba el índice más bajo de un presidente en su segundo año de gobierno, seguido por Barack Obama y Jimmy Carter. Paradójicamente, su popularidad entre los republicanos crece a medida que continúa la labor de desmantelar todos los logros de su antecesor, desde la reforma sanitaria hasta los acuerdos de París, pasando por el fin de la guerra fría con Cuba, el pacto comercial transpacífico o la desnuclearización de Irán. Obama acabó su mandato con un 77 % de aprobación, pero bajo su liderazgo el Partido Demócrata no solo perdió la presidencia, sino también las dos Cámaras del Congreso, trece gobiernos estatales y más de mil puestos federales. Los demócratas salieron de la era Obama con menos asientos estatales que en ningún otro momento desde los años 20.

Obsesión por ganar

Ganar es lo que más le importa a Trump. Por eso la obsesión de su mandato es quitarse en la reelección la espinita de haber perdido el voto popular frente a Hillary Clinton, que obtuvo tres millones de sufragios más. Ningún otro presidente ha presentado antes los papeles para su reelección, que formalizó el mismo día en que fue investido. A estas alturas ha recaudado más de cien millones de dólares (casi 88 millones de euros) para esa campaña y «quedaos tranquilos, este país es perfectamente capaz de elegirle para un segundo mandato», opinaba el viernes Scott Martele, que ha cubierto campañas electorales durante 30 años.

Trump llega al ecuador de su primer mandato rodeado de leales como sus asesores de ultraderecha Stephen Miller (Política), Peter Navarro (Economía) y John Bolton (Seguridad Nacional), que no intentan corregir sus posturas sino radicalizarlas aún más en los temas que definen su presidencia, como la purga migratoria, los ataques a Irán, Cuba y Venezuela, el apoyo sin fisuras a Israel, la bajada de impuestos a los ricos, la desregularización medioambiental, el rearme militar y la renegociación de los tratados comerciales.

En los próximos dos años consolidará esas políticas que forman parte de sus promesas electorales, de las que ha cumplido el 17 %, según PolitiFact, en comparación con el 26 % de Obama a estas alturas. Los más de 1.400 conflictos de intereses en los que ha incurrido con sus negocios, según Citizens for Responsability and Ethics, o las 7.645 mentiras que acumulaba a final de diciembre, según The Washington Post, no tienen parangón. Algunas todavía podrían costarle la presidencia, en el improbable caso de que su partido, cada vez más trumpista y menos republicano, apruebe un impeachment.

Todas las acciones de Trump en el próximo año y medio estarán pensadas para exaltar a sus bases, con las que cuenta para ganar la reelección.

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