La próxima guerra entre Trump y Putin

Se trata de la guerra por el mercado energético europeo, un gigante de miles de millones

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berlín / colpisa

Pese a la imagen de armonía que transmitieron Trump y Putin en su reciente cumbre, se está larvando un nuevo enfrentamiento entre EE. UU. y Rusia. Se trata de la guerra por el mercado energético europeo, un gigante de miles de millones. La puja, cada vez más evidente, excede lo económico e invade lo geopolítico. Con enormes repercusiones a muy largo plazo, desde Alemania a Ucrania.

Trump inició su reciente gira europea con una andanada contra Berlín. Alemania, dijo, está «totalmente controlada» por Moscú. Le compra «miles y miles de millones de dólares» en gas, acusó. La crítica sentó como una bofetada en el Gobierno alemán, pero unos días después el estadounidense desveló lo que verdaderamente pasaba por su cabeza cuando cargó contra la canciller. Fue en Helsinki, junto a Putin. Entonces no dudó en asegurar que su país «competirá» con Rusia por el mercado europeo del gas.

Trump lo ha visto claro. EE. UU. va camino de convertirse en el tercer mayor exportador del mundo de gas natural licuado (LNG), tan solo por detrás de Australia y Catar, gracias a la revolución del gas de esquisto extraído mediante fracking. Y en busca de nuevos mercados, ¿qué mejor que aquellos con los que Washington mantiene un mayor déficit comercial? Siempre puede jugar la baza política y los lazos que comparte con los países occidentales.

No obstante, no lo va a tener fácil. Primero porque el LNG es más caro que el gas natural comprimido (CNG) y precisa unas complejas instalaciones como plantas regasificadoras y cargueros especiales. Además, Rusia lleva años fidelizando el mercado. En los años del deshielo, entre el colapso de la URSS y la invasión ilegal de Crimea, Moscú extendió sus tentáculos gasistas por Europa. En la actualidad países como Finlandia, Estonia, Letonia, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Austria, Rumanía y Bulgaria reciben de Rusia al menos el 75 % del gas que consumen.

Alemania se encuentra algo por debajo. Pero la previsión es que aumente su demanda. Principalmente por la construcción de un nuevo gasoducto, el Nord Stream 2, que va a conectar directamente Rusia y Alemania por el Báltico. Para Berlín es un proyecto clave. Significa más seguridad energética en un entorno de consumo creciente. Pero también, y esto es importante para Merkel, supone menos emisiones de CO2. En los planes de Berlín el gas es la «fuente de energía puente» con la que pretende sustituir su actual dependencia del carbón hasta que las renovables logren una mayor cuota en el mercado. Por eso lo pelean con uñas y dientes, pese a las importantes trabas legales, económicas y políticas a que se ha enfrentado los últimos meses.

Merkel ha tenido que emplearse a fondo para lograrlo. El proyecto de la gasista estatal rusa Gazprom ha topado con una enorme resistencia por parte de sus socios comunitarios, especialmente los de Europa oriental. Pero el principal crítico ha sido el Gobierno ucraniano, que denunciaba que se trataba de un «proyecto político» y que no había que alcanzar pactos con Putin mientras continuase la agresión rusa en el este de su país. La canciller, principal aliada de Kiev, ha tenido que buscar un difícil equilibrio para camuflar esta flagrante incongruencia entre su política exterior y sus intereses económicos. Así, tras meses asegurando que se trataba exclusivamente de una iniciativa privada, reconoció que tenía un «componente político». Y mandó a su mano derecha, el ministro de Economía Peter Altmaier, a negociar a Kiev y Moscú.

Parece que lo ha logrado. Esta semana arrancaron en Berlín las negociaciones entre ambos países para sellar un nuevo contrato que permita el paso del gas ruso por Ucrania entre el 2020 y el 2030. Aunque está todo por cerrar, parece claro que se parte de la base de que, cuando entre en funcionamiento el Nord Stream 2, Ucrania no verá caer de forma sensible el volumen de gas que pasa por su territorio aunque Alemania lo pueda recibir directamente a través del Báltico.

El papel de Polonia

Está en juego el «impuesto de paso». El Centro para la Reforma Europea estimó que cuando el Nord Stream 2 empiece a funcionar, Ucrania perderá unos 1.800 millones de euros al año de ingresos por este concepto debido al desvío del gas para Alemania. La cantidad es el equivalente al 2 % de su PIB. Kiev, que recibió en el 2015 un crédito de 17.500 millones de dólares del FMI, no puede renunciar a ninguna fuente de divisas.

Polonia y los países bálticos, en el otro extremo, han preferido acercarse a EE. UU., Estonia, Letonia y Lituania han conectado en los últimos años sus redes de suministro entre sí y con Finlandia, Noruega y Polonia. Además han construido una planta regasificadora en un puerto, están levantando una segunda y han dispuesto un gran almacén de gas para emergencias. Varsovia, por su parte, firmó en el 2017 un acuerdo de suministro de LNG con Washington. Nueve buques al año durante un lustro. Las naves atracarán en el nuevo puerto de Swinoujscie, donde se ha construido la primera regasificadora del país. Además, Polonia ha propuesto un gasoducto que transporte el gas noruego a Europa. Y que se distribuya a través de su territorio.

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