En su país, lo alaban, asociándolo con la estabilidad y una nueva prosperidad, a costa, señalan sus críticos, de un retroceso en materia de derechos humanos y libertades
19 mar 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Exagente del KGB al frente del país desde hace más de 18 años, Vladimir Putin encarna la ambición de una gran Rusia de renovada potencia. «Nadie quería hablarnos, nadie quería escucharnos. ¡Escúchennos ahora!», lanzó a los occidentales durante su último gran discurso, a principios de marzo.
Cuando Putin, de 65 años, llegó al poder el año 2000, su país era inestable, con una economía fallida. Ahora, numerosos de sus conciudadanos lo alaban, asociándolo con la estabilidad y una nueva prosperidad favorecida por la actividad petrolera. Eso a costa de un retroceso en materia de derechos humanos y libertades, según sus críticos.
A nivel internacional intenta restaurar la influencia de Rusia en el mundo, deteriorada tras la caída de la Unión Soviética y los años caóticos bajo el mandato de Boris Yeltsin. ¿Su método? Una lucha paciente y obstinada, al acecho de cualquier síntoma de debilidad del adversario, explicaba en el 2013 Putin. Esa técnica le ha resultado exitosa en Siria, donde Rusia interviene en apoyo del régimen de Damasco desde el 2015, lo que supuso un giro en el transcurso de la guerra.Un año antes, Putin quiso ser el restaurador de la «gran Rusia» al anexionar la península ucraniana de Crimea, tras un referendo considerado ilegal por la comunidad internacional. Esa operación mejoró su imagen en casa, pero desató la peor crisis desde el fin de la guerra fría entre rusos y occidentales.
Gran aficionado al deporte, el presidente ruso intentó hacer de su país una potencia deportiva, lo que también derivó en una crisis internacional por las acusaciones de dopaje.