México: callar o morir

Los periodistas están condenados a vivir bajo vigilancia total, o a autocensurarse, para no acabar asesinados

Noé Zavaleta es uno de los cientos de periodistas amenazados
Noé Zavaleta es uno de los cientos de periodistas amenazados

Jalapa (México) / E. La Voz

A Carlos Domínguez lo asesinaron a plena luz del día. El único motivo: ser periodista. Más de veinte puñaladas atravesaron su cuerpo cuando fue interceptado por varios hombres armados en Nuevo Laredo, ciudad fronteriza con EE.UU., desde donde informaba. Viajaba en un vehículo junto a su nuera y sus dos hijos menores de edad. El suceso tuvo lugar el pasado 13 de enero. Domínguez se convirtió en el primer periodista asesinado en México en el 2018. Es la enésima confirmación de que el flagelo de periodistas muertos por ejercer su profesión no va a desaparecer en México.

Desde el 2000 se han registrado unos 200 homicidios de periodistas. Hasta 40 durante los cinco años de Gobierno de Enrique Peña Nieto, de los cuales 12 se produjeron el pasado año. La violencia en México ha acabado por estallar durante su mandato. Noé Zavaleta es uno de los cientos de periodistas amenazados en México. Trabaja en Jalapa, Estado de Veracruz, uno de los más peligrosos para los comunicadores, como corresponsal de la revista Proceso. Atiende a La Voz en su pequeño despacho. Las amenazas, en su caso, llegaron en forma de intimidación.

«En agosto del 2016, cuatro días antes de la presentación de mi libro El Infierno de Javier Duarte (ex Gobernador de Veracruz, ahora en prisión) empezaron a vigilar mi vivienda. Era gente que yo identifiqué plenamente con empleados de la Dirección de Política Regional adscrita a la Subsecretaría de Gobierno, vigilaban las entradas y salida de mí y de mis familiares, al otro día, repitieron la misma operación afuera de casa de mi novia». Interpretó el mensaje como un «sabemos dónde vives». Un anónimo enviado a la prensa poco después le identificaba como vinculado al cartel de Los Zetas, en guerra con el de Jalisco, entonces predominante en Veracruz, lo cual le puso en alerta. Dejó la zona por un tiempo y pasó a vivir con escolta.

Zavaleta cree que los comunicadores no solo están amenazados por los grupos criminales, sino también por el Estado: «Puede ser un gobernador, un alcalde, algún legislador con mucho poder y que se sienta incomodado con algún periodista. Estos asesinatos o agresiones siempre los endosan en un estatus de «homicidio del fuero común», la tesis de un asesino solitario de poca monta, que por robar, por asaltar o por equivocación priva de la vida a un periodista», comenta. La impunidad es total. «En más de cien asesinatos de periodistas en la última década, ningún gobernador, ningún fiscal, alcalde o jefe policial ha sido cesado por el asesinato de un reportero», comenta Zavaleta.

«Vamos a cortarles la cabeza»

«Por ejemplo, en Veracruz, de 22 periodistas asesinados en los últimos siete años, solo en dos casos se ha hecho justicia. Por cierto, que los asesinos de Gregorio «Goyo» Jiménez y Ricardo Monlui aún no reciben sentencia y están tramitando amparos. Digamos que son dos casos medianamente solucionados», lamenta el reportero. «Las fiscalías, de manera invariable, pretenden desvincular, en primera instancia, los crímenes de la actividad informativa. Por lo general atribuyen los ataques a rencillas personales, motivos pasionales, conflictos por activismo social e incluso por vínculos con el crimen organizado», lamenta Mussio Cárdenas, un periodista de Coatzacoalcos, en Veracruz. Él fue amenazado tras investigar a un alto cargo de Los Zetas conocido como el Comandante H. Un mensaje en Internet le alertó: «Vamos a cortarle la cabeza a todos los periodistas que han publicado puras mentiras. Vamos a por ti Mussio Cárdenas. Te has cagado fuera de la bacinica con el patrón. Te has metido con su familia. La familia es sagrada. En pedasitos te van a recoger… ya te llevó la madre, hijo de la chingada», decía el mensaje.

Vive ahora entre estrechas medidas de vigilancia: «Tengo un cordón de seguridad, escoltas, vigilancia 24 horas en mi hogar y vehículo, y monitoreo permanente de mis actividades», explica.

La autocensura acaba siendo el refugio lógico de los periodistas mexicanos. «Me meto con narcos muertos y en la cárcel, el que anda libre, me queda claro que la autoridad no tiene muchas ganas de aprehenderlo. No me meto con los familiares de los políticos y quienes viven en los excesos, siempre voy sobre el servidor público, no sobre su familia», dice Zavaleta.

No está dispuesto, a pesar de todo, a dejar la profesión: «me apasiona, no entiendo mi existencia sin estar en el periodismo, y además no sé hacer otra cosa», comenta. «Seguir en el periodismo es siempre un acto de congruencia», asegura también Mussio Cárdenas. «Así, a riesgo de lo que sea».

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