Romper algo valioso

Un país no tiene derecho a designar como capital una ciudad que no pertenece a su territorio

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Un país tiene derecho a designar como capital la ciudad que le parezca. Eso sí, siempre y cuando esté en su territorio. Ese es el problema con Israel y Jerusalén. De acuerdo con las leyes internacionales y las resoluciones de la ONU, Jerusalén es una ciudad internacional cuyo estatus está por determinar. Consiguientemente, no es territorio israelí. Ni la ocupación de parte de la ciudad en 1948, ni la del resto en 1967, ni la anexión proclamada por los israelíes más tarde, han sido nunca reconocidas por la comunidad internacional. Esa es la razón de que todos los países que mantienen relaciones diplomáticas con Israel tengan sus embajadas en Tel Aviv. Hasta ahora, esto incluía también a Estados Unidos, el aliado más importante de Israel, que tampoco reconoce Jerusalén como territorio israelí.

¿De dónde sale, entonces, la idea de llevar a Jerusalén la embajada norteamericana? No es una ocurrencia de Trump. En 1995 el líder republicano Bob Dole logró que el Congreso y el Senado aprobasen una ley a ese efecto. Sus motivos tenían que ver más con la política interna que con la política exterior. Aquel era un año preelectoral y la carrera de Dole iba muy floja. Con esta maniobra pretendía competir con su rival Bill Clinton por el apoyo financiero del grupo de interés proisraelí. De hecho, hasta ese momento, Dole se había opuesto al traslado de la embajada y Clinton se había mostrado partidario.

Todo hay que decirlo, el contexto era entonces muy particular: dos años antes se habían firmado los acuerdos de paz de Oslo y existía la confianza de que el conflicto palestino-israelí se encontraba en vías de solución. Se pensaba que, para cuando se produjera el traslado de la embajada, la ciudad habría sido dividida y que el contencioso estaría resuelto. No hace falta decir que no fue así. Por eso, prudentemente, todos los presidentes, de Clinton en adelante, han vetado la aplicación de esa ley de 1995 con el argumento (por otra parte, cierto) de que la política exterior norteamericana es competencia exclusiva suya.

El cambio de opinión de Trump también nace de consideraciones internas, o más bien personales. Narcisista, Trump sufre al ver que pasa el tiempo y que apenas ha obtenido éxitos políticos reseñables. Quiere dejar su marca, hacer que se hable de él. Violar un tabú de décadas es una buena manera de lograrlo. Es como un niño enfadado que rompe algo para llamar la atención. El problema es cuando el niño no sabe lo que rompe y causa un daño irreparable.

Existe el temor de que esto provoque una nueva insurrección palestina, o el aumento del terrorismo islámico, y es posible, aunque no seguro. Debería preocupar otro daño más profundo y más a largo plazo. La legalidad internacional es un edificio frágil, un castillo de naipes: si se quita una carta, se derrumba una parte, o todo. Mover la embajada es quitar una de esas cartas, y nunca se sabe dónde se pagará el precio: en otros lugares en los que se impone la ley del más fuerte, en conflictos que ni siquiera han empezado todavía. Incluso en ese sentido, Jerusalén «está en el centro del mundo», como dice la Biblia.

Trump quiere dejar su marca, hacer que se hable de él, y violar un tabú de décadas es una buena manera de lograrlo.

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