Golpe generacional en Zimbabue

La vieja guarda de los que combatieron en la guerra de independencia, que quieren preservar sus privilegios, frente a las jóvenes promesas del partido

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La escena tuvo que ser curiosa. Oficialmente bajo arresto domiciliario, el todavía presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, hizo una inesperada aparición pública. Inesperada en sí misma, y también por el lugar y las circunstancias: Mugabe se dejó ver en una ceremonia académica de la Universidad Abierta de Zimbabue para entregar unos doctorados. Uno de los que entregó fue para la exmodelo Marry Chiwenga, precisamente la esposa del militar que le detuvo el miércoles pasado, cuando se produjo el golpe de Estado.

Es un espejismo. Mugabe está acabado, aunque los oficiales que han tomado el poder nieguen haber dado un golpe y todavía se refieran a él como presidente. Como tantas veces en que un golpe se disfraza de operación para salvar al dictador de manos de una «camarilla» que le tiene dominado, no es cierto. No hay tal «camarilla». Fue el propio Mugabe quien cesó al vicepresidente Emmerson Mnangagwa como paso previo a llevar al poder a su mujer, Grace. Esto fue lo que puso en marcha al Ejército. Ese golpe hay que entenderlo, en gran parte, como el resultado de una lucha generacional: la vieja guardia de los que combatieron en la guerra de independencia, como el propio Mnangagwa, celosa de preservar sus privilegios frente a las jóvenes promesas del partido, la llamada Generación 40, que apoyaba a Grace Mugabe en su ascenso al poder.

Lo más probable ahora es que los militares cedan el poder al propio Mnangagwa. La esperanza es que este abra el juego a la oposición. Sus credenciales no son muy buenas: Mnangagwa, jefe de los servicios de inteligencia -un puesto que no promete nada bueno-, fue el cerebro tras la masacre de los ndebeles en la década de 1980, una minoría étnica que apoyaba al opositor Joshua Nkomo -quizás 20.000 personas perdieron la vida en aquel crimen-. Más recientemente, sin embargo, Mnangagwa se ha mostrado partidario de permitir el regreso de los granjeros blancos a los que Mugabe amenazó y confiscó tierras, en una campaña demagógica para congraciarse con los veteranos de la guerra de independencia. Ese es el episodio clave de la historia de Zimbabue, la principal causa de su drástico empobrecimiento y su aislamiento internacional.

Existe el peligro de que Mnangagwa caiga en la tentación de, simplemente, prolongar la autocracia de Mugabe, pero es improbable. Cabe esperar una convocatoria electoral en la que la oposición del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC por sus siglas en inglés) tendría muchas posibilidades. Se sospecha, de hecho, que en el pasado habría ganado ya los comicios de no ser por los pucherazos que practicaban los hombres de Mugabe. Mnangagwa podría ofrecer al MDC unirse al Gobierno, formando así una alianza entre la vieja guardia y sus oponentes que deje al margen a la joven generación del ZANU-PF. Esto supondría que el ZANU-PF estaría asegurando su supervivencia, pero a costa de reconocer que no tiene ya un futuro; lo cual es, posiblemente, un requisito para que lo tenga el propio Zimbabue.

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