Un peligroso «déjà vu»


Son tiempos extraordinarios. En los que las urnas no cierran heridas, muestran radiografías de profundas fracturas. Los votos, más que apoyos, son gritos. Contra Bruselas. Contra Washington. Contra los inmigrantes. Contra el sistema. Castigar a los candidatos y a los partidos es divertido. La dulce venganza. Votar se ha convertido en algo visceral. Tanto que después muchos se sorprenden de las consecuencias de su propia decisión. ¿Cómo iban a saber que aquel corte de mangas tenía consecuencias en su vida diaria? Les sucedió a los estadounidenses, que, después de encumbrar a Donald Trump, lamentaban que el nuevo presidente quisiera tumbar el Obamacare que les había salvado de la muerte. ¿Quién lo iba a decir? Se suponía que el brexit no iba a ocurrir. Parecía que la victoria de Trump era algo imposible. La cultura democrática de los británicos lo impedirá. El pragmatismo de los americanos no dejará que pase.

Ahora le toca a Francia. Y ya nadie descarta nada. Hace unos días el cómico John Oliver confesaba en su programa Last Week Tonight que le preocupaba la campaña francesa. «Esto es un déjà vu», apuntaba. Hay paralelismos inquietantes entre Francia y Estados Unidos. Tras las masacres perpetradas en las instalaciones de Charlie Hebdo y en un supermercado judío, en el 2015, políticos como Manuel Valls reconocían que la sociedad gala supuraba por las grietas de la segregación, de los guetos, de los banlieue. Ciudades como Los Ángeles, Ferguson y París han vivido disturbios raciales recientemente. Es fácil agitar el «nosotros o ellos». Y convertirlo también en el martillo contra la globalización y el yihadismo. En realidad, es sencillo izar cualquiera bandera si se recurre a «hechos alternativos». Porque otra cuestión que cose con hilo invisible las dos carreras electorales es la verdad á la carte. En Estados Unidos llegó a difundirse que Hillary Clinton formaba parte de una red que explotaba a niños sexualmente. El diario Le Figaro ha recopilado mentiras que han pavimentado el camino electoral. Emmanuel Macron está financiado por Arabia Saudí. Jean-Luc Mélenchon dijo en una entrevista en 1992 que el único partido que rehabilita la política francesa es el Frente Nacional. Marine Le Pen ganó el primer debate con un 32 % según la encuesta del propio Le Figaro. Y la mentira más retorcida, para desacreditar a los medios, es la del conservador François Fillon, que, para hacerse el indignado cuando trascendió que su mujer cobraba medio millón de euros por un empleo ficticio como su asistente parlamentaria, acusó a una televisión de haber anunciado que su esposa se había suicidado. Todo falso. Pero queda dicho.

Todos estos mimbres se aprietan con el cordel del patriotismo y el cesto ya está listo. Incluso se puede adornar con flores, aunque solo duren hasta la noche del 7 de mayo.

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