El apocalipsis, en manos del Estado Islámico

La Voz EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

INTERNACIONAL

11 abr 2017 . Actualizado a las 07:36 h.

No deja de ser curioso. Cuando Donald Trump hablaba de rebajar las tensiones con Rusia y buscar un final rápido a la guerra de Siria, sus oponentes demócratas y la prensa norteamericana le consideraban un peligro para la humanidad; es cuando finalmente ha ordenado lanzar un ataque con misiles que esos mismos críticos han pasado a tratarle con cierto respeto, casi como si se hubiese vuelto un estadista responsable.

Para Trump es una bendición. De un plumazo, se ha quitado presión en el asunto que más daño le estaba haciendo: la sospecha -bastante descabellada- de que está a sueldo del Kremlin. De paso, ha mandado un mensaje de firmeza a Corea del Norte justo en el momento en el que Piongyang le estaba poniendo a prueba.

Pero toda acción tiene sus consecuencias y, aunque sin duda Trump no pretendía ir más allá de un simple «aviso» a Siria y Rusia, la inercia ya ha empezado a arrastrarle. Su bombardeo limitado ha puesto los dientes largos al «lobby de la guerra» y a una extraña alianza, que incluye desde organizaciones humanitarias hasta el poco humanitario reino de Arabia Saudí, pide ahora más. Ya han empezado las presiones al presidente para que se comprometa con un «cambio de régimen» en Damasco, incluso si esto puede significar la guerra con Rusia.

Trump puede resistir esas presiones, pero aún existe otro riesgo. Al lanzar su ataque únicamente en función de sospechas, ha colocado el listón muy bajo. Contra lo que piensa tanta gente, si Obama no intervino en Siria en el 2013 no fue por cobardía sino porque surgieron dudas razonables de que el régimen de Damasco fuese el culpable del ataque químico de Ghuta. También en el caso del reciente ataque de Jan Sheijún hay más dudas de las que parece. Mientras que algunos indicios apuntan, efectivamente, al régimen sirio, otros no terminan de encajar.

La propia localización del ataque suscita preguntas, porque no es un lugar cualquiera. Jan Sheijún, un importante bastión de Al Qaida, venía siendo desde hacía semanas el escenario de una sangrienta lucha por el poder entre la facción siria de esta organización y Liwa al Aqsa, una reciente escisión que se ha unido al Estado Islámico. Poco antes del ataque químico, Liwa al Aqsa acababa de asesinar al menos a doscientos civiles y milicianos rivales en este mismo pueblo. Puesto que se ha certificado que el Estado Islámico dispone de armas químicas, y que según la prensa norteamericana las ha usado ya en más de cincuenta ocasiones, no puede descartarse sin más la hipótesis de que el ataque haya sido obra de los yihadistas.

Más vale cerciorarse, porque si este fuera el caso, el mundo se encontraría en un serio peligro. Con su amenaza de intervenir contra Damasco si se produce un nuevo ataque químico, Trump habría puesto en manos del Estado Islámico nada menos que el mecanismo que puede desencadenar un enfrentamiento apocalíptico entre sus dos mayores enemigos, que son además las dos mayores potencias nucleares del planeta, Estados Unidos y Rusia.