La Jungla cierra su puerta al paraíso

La policía francesa completa con precisión el desalojo del campamento de inmigrantes llegados de medio mundo que soñaban con dar el salto a Inglaterra


Ayer era el último día en la Jungla. Por eso todos sus residentes querían madrugar. Caminan al abrigo de un sol que aun no calienta. Entre la niebla empujan sus maletas. El desalojo del campo ha comenzado. Momin Anizi pasa sus últimas horas en Calais sentado sobre una valla. Su turno llegará hoy. Desde lo alto observa como sus compañeros se agrupan por centenas hasta sumar miles. Forman una fila perfecta de desolación. La misma que desprende su mirada.

«Llevo seis meses aquí. Esto no es vida», confiesa este afgano de 28 años que abandonó su país hace más de dos. Desde entonces ha cruzado medio mundo caminando para cumplir su sueño: empezar de cero en el Reino Unido. «Mi madre está muerta, mi padre está muerto. Mis hermanos han muerto. La única familia que me queda está en Inglaterra, por eso estoy aquí», relata este emigrante forzoso.

Como Momin, más de 8.000 indocumentados sobreviven en esta selva de plástico a la espera de una oportunidad que les permita cruzar el canal de la Mancha. Pero las vallas de concertina que flanquean este campamento de desesperados han tornado su sueño en pesadilla. Los habitantes de la Jungla son en su mayoría hombres jóvenes. Sudaneses, eritreos, etíopes y afganos dan identidad a esta comunidad heterogénea. Entre ellos hay más de 2.000 menores. La mayoría han llegado hasta aquí solos.

Dicen que la suerte tiene muchas caras. Sin duda en Calais la fortuna tiene forma de camión. Las tripas de estos gigantes con ruedas esconden un billete de ida al paraíso. Por eso cada noche, cuando se pone el sol, los jóvenes del campo merodean la autopista en busca de uno en el que esconderse. «Aunque sé que no lo voy a lograr todos los días lo intento. Hace dos meses me cogió la policía dentro de un remolque y me rompió un brazo», asegura otro afgano que comparte asiento con Momin mientras gesticula para contar sus desventuras.

El tráfico de migrantes en este punto estratégico entre Europa y Reino Unido no es nuevo. Más de veinte años de pasos han permitido sofisticar las barreras hasta convertir la frontera en una fortaleza. A las vallas y muros se suman los escáneres de vehículos. Por eso surge este asentamiento, uno de los más viejos del continente. Entre las chabolas de Calais que ahora quedan vacías yacen miles de historias de dolor, miseria y enfermedad. También de abusos. Muchas de esas infraviviendas desaparecerán cuando las excavadoras del Gobierno francés arrasen esta vergüenza de Europa. Otras viajarán siempre con las víctimas de este horror. 

Precisión

El desalojo del campo de Calais era una asignatura que las autoridades galas no estaban dispuestas a suspender. Por eso las primeras horas de la operación se han ejecutado con una precisión elogiable. El trabajo previo de convencimiento llevado a cabo en coordinación con los colectivos que trabajan sobre el terreno ha permitido mentalizar a una inmensa mayoría de migrantes de la necesidad de abandonar el asentamiento. A última hora de ayer, el operativo cumplía la hoja de ruta prevista.

Sin embargo, muchos de los que esperan su nuevo destino no estaban satisfechos con el trato recibido. «Lo único que quiero es tener un trabajo y hacer una familia. No pido nada más. No quiero que me encierren», confiesa un sudanés que hace la cola para ser realojado. Es un adolescente que huye de la guerra. Hizo la ruta del Sáhara a pie. Este verano cruzó el Mediterráneo desde Libia en una barcaza. Para llegar desde Cagliari al norte de Francia, de nuevo caminó. No hay frontera que se le resista. Excepto esta, en la que parece haber completado su viaje a ninguna parte. Quizás por eso en su rostro aniñado se intuya fracaso. El fracaso de los últimos de Calais.

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