La desmesura del gran sultán

Está aprovechando el golpe fallido para dar impulso a la «Nueva Turquía», la reencarnación del imperio otomano


estambul / e. la voz

Un mesías no frunce el ceño. Por ello, a pesar de las ínfulas mesiánicas que se da, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, no puede aspirar más que a sultán. El poder absoluto al que se acerca. Hoy es el líder más poderoso de Turquía desde Mustafa Kemal Ataturk, fundador de la República en 1923, a quien parece querer suplantar derribando su legado laico con una islamización todavía coartada constitucionalmente, pero reforzada tras la intentona golpista. Con una sociedad polarizada, las mezquitas llaman a los ciudadanos a echarse a las calles para alabar la victoria de Erdogan frente al golpe.

Pero es un sultán que se enfada demasiado, reprende a sus opositores, patalea con modales de chico malo, lo acusan quienes saben que responderá a las provocaciones. Y con una autoatribuida capacidad para indultar: «Por una sola vez, voy a perdonar y retirar todos los casos en contra de las muchas faltas de respeto e insultos contra mi persona», afirmó ayer en relación con las casi 2.000 personas que demando en apenas dos años de presidencia por injurias contra el jefe del Estado.

Nacido en una familia de clase media-baja, Recep Tayyip Erdogan siempre se mostró concienzudo y meticuloso por labrar su futuro. Fue futbolista semiprofesional, pasó por la escuela de imanes Eyüp e inició su carrera política bajo la protección de Necmettin Erbakan, líder del primer partido confesional que participó en las elecciones turcas. La influencia de los kemalistas en el aparato del Estado lo llevó a prisión en 1998 por la lectura de unos versos de Ziya Gökalp cuando ostentaba su primer cargo público como alcalde de Estambul. «Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados», había recitado. Cosas de la vida, Amnistía Internacional lo consideró entonces un preso de conciencia.

Tras una escisión en la formación de Erbakan, Erdogan se embarca con el sector joven en la creación del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo ascenso se recibió con tanto entusiasmo como expectación. Tenía un programa con un revestimiento socialdemócrata de aspecto abierto y garante del constitucionalismo laico, aseguraban sus promotores para mitigar las suspicacias. En el 2003 debuta como primer ministro y consigue aliviar al país de la agonía económica con un crecimiento del 8%. Repite su mono de trabajo, que lo popularizó como gobernador de su ciudad natal con inversiones y la mejora de infraestructuras públicas en barrios desfavorecidos.

Aparentemente, conciliaba con todos, incluido el partido armado kurdo PKK al iniciar unas inesperadas conversaciones de paz, que luego fracasaron. Se esforzó por intentar entrar en la UE pese a la falta de claridad comunitaria, y viajó por el mundo con una visión integradora que lo llevó a ser socio del entonces presidente Zapatero en la llamada Alianza de Civilizaciones. Ganada la suficiente cuota de poder, hoy se preocupa más por mantener solo a los convencidos, y se desprende de quien le rebate; él último, el primer ministro, Ahmet Davutog, condenado al ostracismo en mayo tras negociar un acuerdo con la UE fabuloso para Turquía a cuenta de los refugiados.

Desde el 2014, Erdogan gobierna desde un palacio en Ankara que tiene 30 veces el tamaño de la Casa Blanca. Lo mandó construir con 1.000 habitaciones y búnkeres para acomodar su labrado ego. Con la asonada, aprovecha para purgar de las instituciones y medios de comunicación a los fieles de su antiguo aliado islamista, la cofradía de Fethullah Gülen, del que se había servido previamente para depurar a kemalistas, militares, jueces y partidos seculares. El punto de ruptura entre ellos se sitúa en el 2013, cuando la policía lanzó una campaña de detenciones por corrupción entre familiares de ministros que salpicaron a uno de sus hijos.

Ese año fue importante para él por otro motivo. Las protestas antigubernamentales de Gezi, con heterogénea base social, dejaron ver su carácter autoritario y pusieron a prueba la consistencia de su liderazgo, que venía de un período favorable en el que parecía ser el guía de la Primavera Árabe. Jugó fuerte con una oposición radical al presidente Bachar Al Asad y dio cobertura en la frontera a los combatientes más efectivos en el terreno, que resultaron ser los más radicales. Hasta el punto de que le convino apoyar al Estado Islámico (EI). Las recientes exigencias europeas de cerrar el paso a los refugiados y, por tanto, a los milicianos, malhumoraron a la base operativa del radicalismo, lo que convirtió a Turquía en objetivo de atentados.

El fallido golpe da alas a la «Nueva Turquía» que promueve y que concibe como «conquista», con un buscado sistema presidencialista, según declaró en junio de 2015 el día que se celebró el aniversario de la creación del Imperio Otomano, hace 562 años. El dominio de la región, donde se disputa el control con Arabia Saudí e Irán, se le queda corto a decir de algunos. El sultán aspira a ser el rostro de una potencia con cosas que decir en el mundo.

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