De bufón de pub a príncipe de la clase obrera

Pese a que los políticos tradicionales han intentado marginarle, es, con Boris Johnson, el otro gran triunfador


REDACCIÓN / LA VOZ

Pocos podían pensar hace cinco lustros, cuando Nigel Farage (Downe, 1954) abandonaba el Partido Conservador, oficialmente disconforme con el apoyo de los tories al Tratado de Maastricht, que aquel agente comercial de metales aficionado a debatir en las barras de los pubs se iba a convertir en uno de los líderes de referencia del Reino Unido.

Casado en segundas nupcias y padre de cuatro hijos, sus rivales han intentado caricaturizarle por su afición a la bebida. Fue sorprendido con dos botellas de ginebra antes de entrar en un debate electoral. Y son legendarias sus pantagruélicas comidas regadas de forma abundante con cerveza, Oporto o vino, según se tercie la ocasión. Hay quien le compara con míster Bean, el personaje cómico al que dio vida Rowan Atkinson. Pero a Farage poco le importan las descalificaciones. Se siente cómodo en el combate dialéctico. Incluso en el físico. Y ha encontrado en el populismo, de derechas en este caso, aunque su partido también haya elegido el color morado como distintivo, la manera de reivindicarse. Porque nadie es profeta en su tierra. Oriundo del mismo pueblo que Charles Darwin, ha sido incapaz de ganar su acta de parlamentario en las siete veces en las que se ha presentado. Es eurodiputado en la Bruselas que odia, merced a los resultados del UKIP, partido del que es cofundador y a cuya silla de mando llegó en el 2006. Su objetivo era la independencia del Reino Unido, que ha alcanzado al fin. Cobra de la UE como eurodiputado, puesto que deberá dejar en cuanto se consume el brexit. Y con ello perderá su única tribuna política, lo que le alejará de la toma de decisiones políticas.

En las últimas elecciones británicas, su partido, con un discurso xenófobo y antieuropeísta, sacó 3,8 millones de votos, casi el 10% del total del censo electoral. Solo le sirvió para conseguir un acta de parlamentario, la de su archirrival Douglas Carswell, con el que no se habla. Esos votos le dieron visibilidad y la absurda decisión de David Cameron de aceptar su petición del referendo para salir de la UE acabó por colocarle en el centro de la escena política.

Su buena estrella es legendaria. Ha sobrevivido a un accidente de avión, a un atropello de coche y hasta a un cáncer testicular. Y también a una vida de excesos que le acompaña desde su época de estudiante en el carísimo Dulwich College, un centro privado que le abrió las puertas de la City tras acabar su carrera.

Dedica parte de su ocio a recorrer los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial y se ha convertido en un personaje mediático inevitable por su facilidad para dar titulare. Esa fama le ha servido para rivalizar con Boris Johnson, el otro divo de la política inglesa. John Major, que llegó a ser primer ministro, lo tiene claro: «Son iguales».

Con un amplio respaldo en las zonas rurales, en las ciudades industriales y entre los mayores de su país, los tories empiezan a ver al autodenominado príncipe de la clase obrera, como la amenaza para su futuro político les llega por su derecha. Y Farage no es de los que suele frenar ante el abismo. El brexit es el mejor ejemplo.

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