Vivir en una barca, una opción para tener casa a precio asequible
20 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Cuando trabajaba en Londres, la diputada laborista Jo Cox vivía en una barca en el Támesis con su marido y sus hijos pequeños. Apasionada de la navegación, podría parecer una excentricidad que una de sus campañas fuese que el Parlamento tuviese un amarradero donde llegar directamente desde su casa. No lo consiguió, pero vivir en una barca en la capital británica es la única opción para muchos que no se pueden permitir el precio de una habitación. Este es el caso de la joven Jessica Stacey, con un doctorado en literatura y filosofía francesa, que se decantó en el 2008 por la opción de vivir en una barca cuando está en Londres. «Acababa de llegar de vivir en Francia una temporada. Quería vivir con una amiga estadounidense y en aquella época la conversión del dólar respecto a la libra era muy baja. Los únicos apartamentos que nos enseñaban con nuestro presupuesto eran malísimos», explica.
Así, la idea de tener una barca que le había tentado desde hacía años empezaba a tomar forma. Finalmente las piezas fueron encajando. Sus padres vendieron una granja que tenían en la región de South Yorkshire y decidieron invertir sus ahorros en esta embarcación que ahora ya siente como un hogar. No todo ha sido un camino de rosas. En apenas ocho años los cambios han sido notables y los gastos mensuales se han duplicado. «El principal problema se dio cuando se celebraron los Juegos Olímpicos en Londres en el 2012, yo creo que subieron los impuestos para deshacerse de las barcas que no eran bonitas en el este de la ciudad y también surgió una moda de vivir en ellas», explica. Jessica y sus vecinos de otras embarcaciones se unieron para frenar las subidas desmesuradas de precio y evitar desahucios de gente que ya consideraban parte de su familia. «Pase miedo, sentí que no podía permitirme vivir en otro rincón de la ciudad», recuerda.
Finalmente, esta pequeña comunidad residente en Poplar Dock Marina, a las puertas de los edificios de las sedes de bancos y multinacionales en Canary Wharf y a dos pasos del principal mercado al por mayor de pescado que abastece Londres, consiguió ganar la pequeña batalla. Siguen viviendo en este rincón de paz en el medio de la gran ciudad y cada tres años realizan las tareas de mantenimiento. La situación para los que viven en otros canales londinenses con otro tipo de licencia es más difícil. La ley les obliga moverse de sitio cada 14 días, pero si la zona es de mucha influencia, incluso cada 48 horas. La licencia anual cuesta entre 500 y 1.000 libras al año, dependiendo de la longitud del barco, además de un seguro obligatorio. Sin embargo, la legislación tiene muchas lagunas que dan lugar a más de una interpretación. Para Stanley, Londres es una ciudad para los jóvenes, llena de constante movimiento de gente que va y viene en busca de una oportunidad mejor. «A veces puede parece frívola, pero aquí siento que conozco a mis vecinos, nos ayudamos y cada año hacemos una memorial para recordar a uno de unos de ellos, al que llamábamos capitán Nick y murió hace poco», comenta. La pregunta que siempre le hacen a Stanley es si pasa frío en invierno. «En el momento que enciendes la calefacción no, hay problemas peores», dice sonriendo mientras señala a unas goteras que se deslizan por una esquina. Ayudar a quienes se le caen las llaves al fondo del río, y como no, limpiar el depósito de los baños cada semana son algunas de las tareas típicas de esta particular vecindad.