A muchos no les gustan, otros directamente los odian, a la mayoría les resultan indiferentes o, en el mejor de los casos, les hacen gracia, pero, en todo caso, son un grupo que sufre discriminaciones y ataques de manera constante, a veces de manera tan brutal como la de este domingo en Orlando. Eso es lo que les sucede a los que son diferentes.
Los que tenemos amigos LGBT y nos sentimos felices porque nos enriquecen como personas y nos hacen mejores como seres humanos no podemos sino lamentar el asesinato a sangre fría de 50 personas en la discoteca Pulse. Los que despreciamos el fanatismo, el radicalismo y la violencia no podemos sino sentir luto en nuestro corazón cada vez que un desarraigado empuña un arma y se dedica a matar inocentes, ya sea en Estados Unidos, Bagdad, París o Tel Aviv.
Los que creemos que el acceso a las armas con el amparo legal de un precepto constitucional obsoleto facilita la comisión de todo tipo de crímenes a desalmados y enfermos no podemos por menos que sentir indignación ante aquellos que defienden su adquisición en aras a la defensa personal.
APero en el caso de Orlando confluyen muchas más cuestiones que las de la homofobia, el desarraigo de un estadounidense de origen afgano y fe musulmana, el uso indiscriminado de armas de fuego o el proselitismo fanatizador de grupos terroristas islamistas.
Y es que no es casualidad que, en las dos últimas semanas, se estén desarrollando campañas simultáneas contra el Estado Islámico en sus bastiones de Faluya en Irak, Raqa en Siria y Sirte en Libia. Conscientes de que ha comenzado su declive y posible desaparición, los terroristas intentan llevar a cabo más actuaciones brutales en lugares muy concurridos con objetivos especialmente repulsivos para ellos, como es el colectivo LGBT. Muertes inútiles en una guerra absurda que iniciaron ellos.