«Nosotros también fuimos refugiados»

LETICIA ÁLVAREZ LA VOZ EN IDOMENI

INTERNACIONAL

Leticia Álvarez

Una pareja española acampa en Idomeni para compartir con las familias huidas de la guerra de Siria sus rutinas y ayudarles a sobrellevar la estancia en el campo

28 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Han plantado su tienda de campaña en el campo de fango en Idomeni, Grecia. Duermen, lloran y pasan frío con los refugiados. Su nuevo hogar está asentado en la valla que los separa de la policía griega. María José y Luis llegaron temerosos porque desconocían lo que se iban a encontrar. Las imágenes que llegaban a España les empujaron a coger un avión directo a Tesalónica. Están impresionados con las sonrisas y abrazos que reciben a diario.

«Estábamos en Madrid viendo las noticias y decidimos que teníamos que venir. Al principio teníamos miedo, pero aquí estamos. Puedes visitar nuestro nuevo hogar», explica María José Cordeiro, enfermera en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Lo primero que hicieron antes de acampar fue pedir permiso a sus vecinos, una mujer siria embarazada de más de siete meses. Su tienda de campaña azul es igual a la del resto de personas atrapadas en la frontera que separa Grecia de Macedonia.

Encontramos a María José preparando agua para lavar a una señora siria de avanzada edad. La pareja española se ha convertido en una familia más en Idomeni. «Estar aquí a su lado es la mejor forma de decir que estamos con ellos, de compartirlo, y ellos lo aprecian mucho», relata. Y como el resto de personas, pasan las mismas penurias, miedos y desgaste físico. «Las noches son muy duras, pasas mucho frío. Además hay ruido a todas horas. Gente que intenta saltar la valla, peleas, gente cantando...», afirma.

El matrimonio español asegura que la experiencia merece la pena por todo lo que los refugiados les regalan. «Las adolescentes te piden pintalabios y cremas, son como el resto de jóvenes de Europa. Son iguales a nosotros. Y muy agradecidos», sonríe María José. «No hay que confundir ayuda con caridad, hay que saber calibrar bien, porque nosotros no sentimos pena por ellos», añade Luis, informático de profesión. Los dos coinciden en que es casi imposible explicar con palabras lo desolador que es ver a cientos de personas viviendo en condiciones inhumanas en territorio europeo. «Siento vergüenza. Me siento responsable como europea de lo que está pasando», suspira la enfermera madrileña.

Su rutina diaria pasa por ayudar en lo que pueden a vecinos y familias que están conociendo en esta experiencia. «Lo que más les ha gustado son las baterías externas para los teléfonos móviles y linternas, porque cuando se hace de noche apenas hay luz», apunta.

Como ellos, la solidaridad y el resto de voluntarios son los que han traído algo de dignidad a las personas que huyen de la guerra. Refugiados que hace cinco años tenían una vida digna y que se han visto empujados al exilio.

De una charla de amigos en Cádiz surgió otro grupo de españoles que reparten comida, tiendas de campaña y ropa para niños. Sacaron el dinero vendiendo camisetas, sudaderas y broches de piruleta. La experiencia les ha marcado, porque no se esperaban un recibimiento así. «Cuando sacamos caramelos para los niños no los quieren coger si solo tenemos uno en la mano. Así que siempre les damos un puñado para que los pequeños acepten el dulce», explica Luisa, trabajadora social.

Cristina Llaras, médico de profesión, también ha aterrizado en Idomeni para ayudar en lo que puede: «Todos tienen tos. Tenemos medios limitados, pero lo más importante es que se sientan bien tratados, porque para nosotros son importantes. No olvidemos que son personas idénticas a nosotros, se ríen igual y lloran igual».

Hoy lunes la pareja española recogerá su tienda de campaña para volver a su rutina. Insisten en que ellos han vivido una experiencia «pseudosiria» porque tienen un pasaporte que les permite tener una vida digna en un país europeo.

Antes de marcharse, dejan un mensaje: «A los españoles de mi edad, 69 años, les diría que recordaran nuestro pasado. A los más jóvenes, que escuchen a sus abuelos, porque nosotros también fuimos refugiados».