Bélgica, contra el yihadismo y sus propios fantasmas

La complejidad del país y de Bruselas, con 19 alcaldes y seis cuerpos de policía, dificulta la lucha antiterrorista

KENZO TRIBOUILLARD | AFP

Redacción / La Voz

Una serpiente que se cría y se esconde dentro de una maraña de espinos. Bruselas, vivero, refugio y, finalmente, víctima del yihadismo. La ciudad tiene 19 comunas con sus correspondientes alcaldes y estructuras administrativas. Si en este escenario organizar la recogida de basuras es un reto, coordinar la lucha antiterrorista supone toda una hazaña. Seis cuerpos de policía diferentes operan en la capital de un país complejo y descentralizado, marcado por la división entre francófonos y flamencos. Su legislación no evolucionó en paralelo al desafío terrorista, quizás porque no habían sufrido un ataque de grandes proporciones. La policía ha tardado más de cuatro meses en detener a Salah Abdeslam, uno de los autores de los atentados de París. No facilitaron a Francia la lista de sospechosos que contenía el nombre del yihadista, el de su hermano y el del cerebro de la operación. Y, aunque la policía localizó a Abdeslam 48 horas después de los ataques, no fue arrestado porque era de noche y la ley no se lo permitía. Ningún país está a salvo, pero Bélgica lucha contra el terrorismo y contra sus propios muros burocráticos.

Tras la masacre de París, Francia criticó las lagunas de seguridad de su vecino del norte. El pasado diciembre, el Gobierno anunció nuevas medidas contra el yihadismo, como elevar de 24 a 72 horas el tiempo de detención máximo permitido para tener en custodia o suprimir los límites horarios para las redadas policiales. Entre los cambios figura también la obligación de registrar a los compradores de tarjetas prepago para teléfonos móviles, una norma que ya adoptó hace años España, y la prevención contra los «combatientes extranjeros retornados» y contra los «predicadores del odio».

Un grupo que defendía la sharia

Las propias autoridades belgas reconocen que han tardado en reaccionar mientras el monstruo crecía en las entrañas del país. El grupo Sharia4Belgium, partidario de imponer la sharia en el país, defendió sin tapujos que se lapidara a las adúlteras y se ejecutara a los homosexuales hasta que sus líderes fueron procesados. Como en otros Estados europeos, imanes moderados denuncian que, con financiación saudí, se publican textos islámicos en flamenco que propagan la interpretación más radical del islam.

La madre de un yihadista de Vilvoorde muerto en Siria lo explica en el documental Mi yihad, de Mark De Visscher: «Escribimos correos al ministro del Interior, al primer ministro, pero nunca nos contestaron. El atentado de Charlie Hebdo fue como un electroshock y empezó a tomar forma una campaña de prevención». Pero cuando la matanza de Francia volvió a situar a Bélgica en el centro del radar antiterrorista, los políticos de la oposición preguntaron a Jan Jambon, ministro del Interior y miembro del partido nacionalista flamenco: «¿Qué se hizo después de Charlie Hebdo?».

Bélgica es el país europeo que más combatientes aporta al Estado Islámico en proporción a su población. Y en estas idas y venidas y también en las investigaciones de la mayor parte de los grandes atentados integristas a menudo se repite un nombre: Molenbeek. El asesinato del comandante afgano Ahmed Masoud, el 11M, el atentado fallido en el tren Thalys, el ataque en el Museo Judío de Bruselas, las masacres de París... Molenbeek es el nexo de unión. En los sesenta, las fábricas de este barrio de de Bruselas atrajeron a miles de inmigrantes marroquíes. Pero ahora los hijos y nietos de los inmigrantes son víctimas del paro, la frustración social y el desarraigo. En algunas zonas la tasa de desempleo alcanza el 60 %. Los conservadores acusan al socialista Philippe Moureaux, antiguo alcalde que hizo de Molenbeek su feudo, de haber tenido manga ancha con los salafistas a cambio de votos. El ministro Jambon llegó a decir: «Tenemos un barrio fuera de control». Otros culparon al Ejecutivo aludiendo a fallidas políticas de integración y a lagunas de seguridad, como la falta de investigadores con conocimiento de árabe.

Alain Marsaud, diputado conservador francés y exjuez antiterrorista, afirmó el pasado fin de semana que «la ingenuidad de las autoridades belgas les costaron a los franceses 130 muertos». Pero ayer reconoció que un ataque en un «nudo de comunicaciones como Bruselas» es casi incontrolable. Y lanzó la posibilidad de que Bélgica, «un Estado pequeño con menos medios que uno grande», delegue la seguridad de las instituciones de la UE a fuerzas europeas. Pero, de momento, el reto es volver a la normalidad y evitar un nuevo bloqueo nacional.

«El 2015 ha sido difícil, pero el 2016 será terrible»

Los responsables franceses de la lucha antiterrorista creen que Europa se expone a una ola de terror. «El 2015 ha sido difícil, el 2016 será terrible», sentencia un mando policial galo. «Se demuestra que hay kamikazes movilizables inmediatamente. Contra eso no se puede hacer nada. Nadie sabe cómo actuar. Ni siquiera bastan las patrullas de soldados», dice.

«Vigilar un aeropuerto en hora punta es imposible. Si colocas controles de maletas a la entrada, creas filas de espera en el exterior y es peor, pues son objetivos ideales», reconoce. «Vamos a sufrir una ola de terrorismo que solo se podrá frenar parcialmente. No podremos cogerlos a todo, es imposible», admite.

Además, relativiza las críticas a la policía belga. «Están desbordados, como todos sus colegas europeos. Todos tendremos nuestro lote de ataques por parte de yihadistas determinados que, gracias a cinco años de guerra en Siria e Irak, dominan el manejo de armas de guerra y la fabricación de explosivos artesanales pero muy potentes», pronostica.

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