«No les importamos. Somos escoria»

Idomeni recibe con rabia el acuerdo con Turquía y estalla en protestas, pero algunos saltan a trenes para cruzar la frontera

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Miles de refugiados, en la cuerda floja tras el acuerdo de la UE y Turquía El texto incluye las devoluciones a suelo turco tanto de inmigrantes irregulares como refugiados que lleguen a Grecia

La Voz en Idomeni

«Todos vamos a morir aquí». Abdul esconde la mochila debajo de su cazadora y salta a los vagones de tren. La desesperación arrasó el campamento improvisado de Idomeni después de conocer que Europa sigue sin definir su futuro. Del enfado a la rabia. Las más de 12.000 personas que se hacinan en el barro están decididos a desafiar la decisión de Bruselas. Con las fronteras cerradas, Grecia se ha convertido en una ratonera. Su única oportunidad pasa por inscribirse en el plan de reubicación europeo, pero no les garantizan su destino final.

El jefe de seguridad de la estación de trenes vigila los vagones mientras más de 20 personas se suben a ellos para intentar cruzar a Macedonia. Les avisa de que la policía los detendrá, pero no les importa. Tan solo quieren llegar a el centro de Europa como sea. «¿Tratas a tu perro así? Creo que no nos merecemos esto», proclama Husein antes de saltar. Entonces llega la policía y decide que el tren vuelva a Salónica. «Si dejamos que crucen la frontera probablemente la policía macedonia les dará una paliza», explica un agente.

«¿Se ha terminado la reunión, qué va a pasar con nosotros?», preguntaban los refugiados que se agolpaban en las vías del tren. «¿No hay futuro para los pobrecitos sirios?» Aysa rompe a llorar. La conocimos cuando llegó a Idomeni: dos semanas después está rota, no puede más y sufre un ataque de pánico. Cientos de refugiados se agolparon en las vías del tren para gritar «Turquía no» y «Angela Merkel sálvanos».

Todavía tenían la esperanza de que «mama Merkel», como la llaman, convenciera al resto de países, que ocurriera un milagro. «No pienso moverme de aquí, moriré aquí, no puedo esperar cuatro meses o un año para poder ver a mi mujer y mis hijos que están en Alemania», grita Fadh, un padre de familia sirio de Raqa. «Tened piedad de nosotros, no puedo más», reclama Rojín, que lleva en brazos a su hijo de tres meses.

«Si me dieras una pistola me pegaría un tiro ahora mismo», dice Hasán empuñando una pancarta donde pide piedad a los europeos. «Voy a volver a Siria, Europa no merece la pena. ¿Qué clase de personas han decidido esto?», grita Abu Baker mientras lanza un tronco contra el suelo. «No les importamos, somos escoria», dice entonces Husein. Para Fadh, «es una gran decisión para las mafias».

Pagar por irse

Los refugiados se enteraron de los acuerdos de Bruselas por los periodistas y sus teléfonos inteligentes. Desde el principio del cierre de fronteras la información ha sido escasa. Las listas para la reubicación están saturadas y ellos mismos tienen que pagar 25 euros para subir a los autobuses que los llevan a Atenas para empezar con su petición de asilo. «Si me dices que la frontera no abrirá nunca más cometeré un suicidio. ¿Cómo voy a creer que me reubicarán cuando hasta el momento solo lo han hecho con 800 personas? ¿Cuántos refugiados ha acogido España?», pregunta Fatima.

A partir del domingo, todos los inmigrantes irregulares, incluidos los refugiados sirios, que lleguen a Grecia desde Turquía serán deportados nuevamente a este país. A cambio, Europa trasladará a suelo comunitario a tantos refugiados sirios desde Turquía como demandantes de asilo de esta nacionalidad sean deportados. Además, Ankara recibirá otro tipo de beneficios, como ayudas económicas, la liberalización de visados para los turistas turcos y la reactivación de las negociaciones de adhesión a la UE. El pacto no aclara la situación de las decenas de miles de inmigrantes que se encuentran actualmente en territorio heleno.

«Si Europa decide que todos los niños que llegan aterrorizados tienen que volver a Turquía donde nos tratan como ciudadanos de segunda es que Europa no merece la pena», se pronuncia Qusay. «Somos kurdos, ¿crees que Turquía es seguro para nosotros?, se pregunta Rajan.

La presión pasa ahora al Gobierno heleno que, con toda probabilidad, se convertirá los próximos dos años en un campo de refugiados permanente. El ministro del Interior griego, Panayotis Kurumplís, que visitó Idomeni, se lavó las manos. Aseguró que el campo es el resultado directo «de las fronteras cerradas» y explicó que, cuando se recibe «como se ha hecho, a puñetazos» a los refugiados, se puede entonces comparar Idomeni «con el campo de concentración nazi de Dachau».

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