Unos 21.000 civiles esperan en la frontera jordana pasar al nuevo campo de refugiados
18 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.«No sé» es la expresión que más repite Abdel Karim Abdel Basher, un sirio que hace tan solo tres días llegó al campo de refugiados de Azraq, instalado en Jordania. «No sé dónde está el supermercado, ni el médico, ni dónde ir, ni qué hacer», afirma desasosiego. Abandonó Alepo con su familia el pasado noviembre, poco después de la intervención rusa y la virulencia de unos bombardeos que comenzaron a caer a los pies de su casa. «Todo está peor en Siria, perdí la esperanza», sentencia.
La familia huyó con lo puesto de Alepo. Pero la frontera permanecía cerrada y allí se instaló con más de 21.000 refugiados, hasta que este fin de semana le dieron paso al único campamento de Jordania con las puertas abiertas, después de que el de Zaatari rebosara su capacidad.
No sabe que será de Siria. Tampoco si podrá quedarse a vivir en este inmenso emplazamiento en el desierto jordano ni si encontrará vida fuera del campo: «Un trabajo para alimentar a mis tres hijos», los mira. Tienen cuatro, tres y dos años de edad. El mediano se ha quedado dormido en las rodillas de su madre, que se atrinchera en un rincón del contenedor metálico que es ahora su hogar.
Abdel Karim podría haber tentado la frontera turca, pero decidió intentarlo en Jordania por la lengua y la cultura árabe que comparte. «Pensé que aquí sería más fácil», reconoce. La mayoría de sus nuevos vecinos provienen de Homs, el Damasco rural o Derá, más cerca de la frontera sur, donde la ONU asegura que la ofensiva de estos días ha dejado 70.000 desplazados y 50.000 personas sin hogar. Como en el norte, en Alepo, los residentes de estas áreas huyen por la intensidad de los combates.
Setenta personas al día
Jordania solo permite el paso de una media de 70 personas al día por orden de antigüedad o por alguna urgencia, como sufrir alguna enfermedad. Después de tres meses de espera, la suerte cayó sobre la familia de Abdel Karim. Los que escapan estos días tendrán que esperar. Como los bloqueados ante la frontera de Turquía, reciben mantas y comida pero se les niega la posibilidad de abandonar la Siria que hoy temen.
La Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), que gestiona el campo de Azraq, insiste en que tiene capacidad para 50.000 residentes, con un plan de contingencia para 100.000, y recursos suficientes para acogerlos a todos.
Azraq ha superado casi todas las deficiencias de Zaatari, que llegó a ser el segundo campo de refugiados más grande del mundo y cuyos habitantes organizaban manifestaciones semanales ante la falta de servicios, los incendios de las tiendas de lona o los azotes de temporales que las echaban abajo. Una mejor planificación facilita la vida en el nuevo campo. Los campos de fútbol y los juegos espontáneos de los pequeños componen cierta banda sonora de sus moradores.
Todavía no hay electricidad, pero en el fondo Mahmud Darwish y Samer lo agradecen ya que así evitan las noticias que arrojan transistores y televisiones. No saben qué pasa en Siria, ni quieren saberlo. Prefieren centrarse en sus quehaceres. «Ahora mismo es imposible contactar con nuestras familias en Siria», admiten los dos sin que una sonrisa esquiva disimule su preocupación.
Convoyes inician el reparto de ayuda a las ciudades sirias sitiadas
Un centenar de camiones con ayuda humanitaria comenzaron a llegar ayer a las ciudades asediadas de Siria, donde medio millón de civiles viven en condiciones dramáticas. Un convoy de 35 camiones cargados de 8.800 sacos de harina, 4.400 raciones de comida, además de fármacos y equipamientos médicos, entró a mediodía en Muadamiya, próxima a Damasco y asediada por las fuerzas del régimen, según la Media Luna Roja. Otros 18 entraron pocas horas después escoltados por los insurgentes que asedian Fua y Kafraya, dos pueblos chiíes de Idlib, y otros 50 en Madaya y Zabadani, cercadas por el Ejército sirio.
Se trata de la primera operación humanitaria después de los compromisos pactados en Múnich la pasada semana. El coordinador humanitario de la ONU en Siria, Yacub el Hillo, dijo que con esta ayuda, la organización espera llegar a unas 93.000 personas.
Un futbolista ruso provoca a Turquía con una camiseta de apoyo a Putin
La tensa relación que arrastran Putin y Erdogan desde el derribo de un caza ruso en la frontera sirio-turca ha llegado hasta el fútbol. Al final del partido entre el Fenerbache y el Lokomotiv en Estambul, el futbolista ruso Dmitri Tarasov se quitó la camiseta de su equipo y dejó al descubierto otra con la imagen del presidente ruso y la leyenda en ruso «El presidente más cortés».
Se trata de una clara alusión a la anexión de Crimea. Putin utilizó la expresión de «gente cortés» para designar a los militares sin distintivo que ocuparon la península ucraniana en el 2014, evitando admitir que se trataba soldados rusos. La prensa turca consideró la acción de Tarasov como una «provocación». El jugador se defendió diciendo que «solo soy un patriota». Turquía ha condenado la anexión de Crimea.