Si es cierto que el Chapo Guzmán estaba intentando producir una película sobre su vida cuando le detuvieron, no solo ha pecado de narcisismo sino también de falta de información. Podía haber esperado tranquilamente al próximo viernes. Ese día está previsto que se estrene en México una película sobre su última fuga titulada El gran escape. Ahora tendrá la oportunidad de verla, seguramente en DVD, en el mismo lugar en el que transcurre la acción, la prisión del Altiplano, a donde las autoridades le han vuelto a enviar. Esto de repetir cárcel parece un reconocimiento explícito del déjà vu que supone la peripecia del Chapo, pero también es un riesgo simbólico. Si el narcotraficante logra huir de nuevo -y ya sería la tercera vez-, el ridículo de las autoridades sería monumental.
Esta es una de tantas paradojas mexicanas: para el gobierno, el Chapo encarcelado es solo ligeramente menos peligroso que el Chapo libre. Cínicamente, se podría argumentar que a un Chapo en la calle se le puede detener, mientras que una vez encarcelado solo cabe esperar a que se fugue, poniendo en evidencia la facilidad con la que los jefes de los cárteles de la droga pueden corromper al sistema. Y aún hay otra paradoja todavía más trágica: que a efectos de la lucha contra el narcotráfico poco o nada importa que personajes como el Chapo Guzmán estén entre rejas, si esas rejas están en México. Las engrasadas estructuras de la fabricación y distribución de la droga, de la extorsión, el soborno y el crimen, siguen funcionando indiferentes. Por eso el Chapo no se fugó tan pronto pudo sino tan solo cuando las autoridades judiciales norteamericanas solicitaron su extradición.
Pero la extradición es agridulce para los mexicanos. Se entiende que hiera su orgullo nacional que el gigante del norte les exija la entrega de sus compatriotas, aunque sean criminales del calibre del Chapo. Por otra parte, es lo único que ellos temen y, objetivamente, lo único que ha conseguido dañar el funcionamiento de los cárteles. Aislados de su teatro de operaciones, en un entorno en el que es muchísimo más difícil corromper funcionarios, los señores de la droga se convierten en sombras de lo que fueron.
México no se niega a estas extradiciones, de hecho, en septiembre salieron para el norte más de una docena de narco-líderes, entre ellos el siniestro Edgar Valdez, conocido por el engañoso mote de La Barbie. Pero hay muchas reticencias, y no solo inspiradas por el patriotismo. Los secretos que guardan los jefes de los cárteles implican a demasiadas personas dentro de las instituciones. Y de todos esos secretos pocos tan tóxicos como los que atesora el Chapo Guzmán.
Los productores de El gran escape anuncian que esta es solo la primera parte de una tetralogía. Efectivamente, y aunque el presidente Peña Nieto escribía en su twitter «Misión cumplida», para anunciar la detención del Chapo, es poco probable que la historia termine aquí.
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