«He comprado a tu mujer»

Laura Fernández Palomo SORAN / E. LA VOZ

INTERNACIONAL

Reuters

La Voz entra en el Kurdistán iraquí, donde el Estado Islámico aterroriza a la minoría yazidí con secuestros de mujeres y niños, a los que retienen como esclavos o para entrenarlos para sus filas

12 nov 2015 . Actualizado a las 21:25 h.

Arrecian las lluvias en los montes del Kurdistán iraquí y los yazidíes se afanan en sellar los techos con silicona. Solo parte de los desplazados de la localidad de Soran se cobijarán este invierno en casas de cemento en vez de en tiendas de lona. El resto tendrán que esperar. La placidez del paisaje, al que se accede por sinuosas carreteras, contrasta con los recuerdos de la barbarie vivida por esta etnia minoritaria a manos del Estado Islámico (EI). «Tres mujeres de nuestra familia han sido liberadas por el EI después de pagar 20.000 euros», cuentan Tarek Said y su primo Faris Alí Ahmad en torno a un calefactor de gas, «pero los hijos siguen retenidos como esclavos o para entrenarlos como combatientes».

La cuñada de Faris, Zina Hased, ya ha sido trasladada a Alemania para superar el trauma de su cautiverio. Violaciones, torturas, degradación. Las otras dos mujeres liberadas, Fawajia Mardan y Shajida, son atendidas en Dohuk, a 70 kilómetros de Mosul, donde se refugia la mayoría de esta ancestral comunidad perseguida con saña por el califato de Abu Bakr al Bagdadi.

Matar en masa a los hombres y secuestrar a las mujeres, para utilizarlas como esclavas sexuales, y a los niños, para adoctrinarlos, ha sido el modus operandi de las huestes yihadistas que asolaron las montañas de Sinyar en agosto del 2014. Acciones calificadas de genocidio y crimen de lesa humanidad por el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU.

Huida de Sinyar

La noche de la invasión del EI, Tarek Said mandó a su familia hacia las montañas y se quedó junto a algunos vecinos para apoyar la ofensiva de los peshmergas (combatientes kurdo-iraquíes) contra los terroristas. No lo consiguieron. Escapó, pero tardó un día en reencontrarse con los suyos y tomar rumbo a Dohuk. «Los mayores del pueblo advertían que tarde o temprano llegarían y las mujeres sabíamos que, si eso ocurría, íbamos a sufrir, como pasó con mis primas», explica en kurdo Nasima Haji Ahmed con su hijo en brazos.

De Dohuk regresó hace dos días a Soran el yerno de Shajida. Hace tres meses, una llamada de teléfono alteró aún más la angustiosa espera por su esposa, que al igual que su madre Shajida, estaba retenida por el Estado Islámico. La voz se presentó como un emir del grupo terrorista y le dijo: «He comprado a tu mujer». «Después ella se puso al teléfono y hablaron en una conversación normal; dijo que estaba bien y que ahora estaba casada y vivía en Ramadi», recuerda Faris. Desde entonces, silencio.

Con quien ha logrado contactar en secreto ha sido con el hijo pequeño de Shajida. Hace una semana, y tras más de un año desaparecido, supieron que está siendo entrenado en el campo militar del aeropuerto de Tabqa, en Raqa (Siria). Nada más. De los más de treinta miembros de la familia de Shajida, solo han quedado seis. El resto están muertos o desaparecidos.

Vuelta a las montañas

Para el Estado Islámico, los yazidíes no son más que infieles «adoradores del diablo». Esta antiquísima etnia kurda profesa una religión preislámica, que mezcla el zoroastrismo persa y elementos musulmanes. Para el califato, sus seguidores solo merecen la muerte.

Tarek Said y Faris Alí Ahmad sufren no solo la brutalidad yihadista contra su familia, sino contra toda una comunidad de medio millón de personas que está actualmente en gran parte desplazada en el Kurdistán. Motivo que, este año, con su familia a salvo, llevó a Tarek y Faris a coger las armas y a unirse a las Unidades de Protección Popular (YPG). Este grupo de milicianos que da soporte a los peshmergas ha conseguido trazar una línea de contención ante la expansión del Estado Islámico por las montañas de Sinyar. Pero la comunidad yazidí ya ha quedado arrinconada por una campaña de terror.

Una comunidad perseguida

«Son desplazados internos, pero tienen su propia lengua, su cultura... necesitan la integración de un refugiado», confiesa Tim Buxton, el delegado para Irak de The Refuge Initiative, que atienden a cien familias de yazidíes establecidas en el norte del Kurdistán iraquí. Es una de las decenas de organizaciones humanitarias que dan mantas y comida para arropar el éxodo masivo de esta comunidad. Se calcula que 430.000 se han visto obligados a dejar sus hogares ante la ofensiva del Estado Islámico en la provincia de Nínive y que miles aún siguen cautivos.

Las matanzas, en cada aldea que los yihadistas conquistaban, han golpeado otra vez a esta minoría históricamente perseguida que había encontrado acomodo en el crisol confesional de Irak. «En realidad esta es la 74.ª masacre de nuestra historia», asegura Tarek Said, que, como sus vecinos desplazados, viste la ropa tradicional y comparte con ellos, de nuevo, una memoria herida.