Tsipras gana su segundo plebiscito

¿Siguen confiando los griegos en Alexis Tsipras? La respuesta es que sí, a pesar de haber traicionado sus promesas electorales


En Grecia nadie lo discutirá: los comicios de ayer domingo fueron unas elecciones plebiscitarias. Aunque se eligiese un Parlamento, la pregunta que flotaba en el ambiente se respondía con un monosílabo: ¿siguen confiando los griegos en Alexis Tsipras? La respuesta es que sí. Y esto a pesar de que se trata de alguien que ha traicionado de manera inequívoca sus promesas electorales, un primer ministro que convocó un referendo para rechazar un tercer rescate financiero, lo ganó y aún así firmó ese tercer rescate... Pero todo eso ha quedado perdonado con el resultado de ayer. ¿Por qué?

Posiblemente porque, a pesar de su fracaso, Tsipras ha dado la impresión de haberse enfrentado al monstruo de la troika. Históricamente sensibles a la épica, los griegos necesitaban, más que una política, una terapia, y Tsipras les ofreció, aunque fuese solo durante unos días, el placer de sentir que se estaban rebelando contra Europa. Pero luego también respiraron aliviados cuando finalmente depuso las armas. Como ha quedado probado en estas últimas elecciones, los griegos no son radicales sino pragmáticos indignados.

Aunque en enero votasen por un partido que prometía acabar con los rescates y luego diesen un sonoro no en la consulta de julio a la última propuesta europea, esto no eran más que expresiones de descontento disfrazadas de desafío. Al final, la clase media griega teme más la salida de la UE y del euro que la austeridad. La prueba es que los descontentos con Tsipras no se han ido a la escisión de Syriza por la izquierda, Unidad Popular, que ha cosechado un resultado pobre. Tampoco se han ido a otras ofertas radicales: comunistas y neonazis repiten más o menos sus resultados de siempre. Los descontentos se han ido a la abstención, hartos por el momento del juego político griego en el que no solo los gobernantes, sino también los votantes, dicen una cosa cuando en realidad piensan otra.

Tsipras queda ahora en una posición envidiable. En el anterior Parlamento, un tercio de sus diputados estaban contra él; ahora tendrá un grupo parlamentario algo más pequeño pero más manejable. Pero lo complicado viene ahora. Aparte de mantenerse en el poder el gobernante debe ejercerlo, y la realidad del tercer rescate es que los griegos tendrán que padecer todavía más recortes y medidas de austeridad.

El plan de Tsipras, por lo que se adivina de su retórica electoral, es bastante inteligente: presentar los recortes y reformas que exija Bruselas como una especie de revolución radical encaminada a acabar con lo viejo y lo caduco, a limpiar el sistema. En algunos sectores, como el fisco y la burocracia, eso es posible porque es cierto que están necesitados de una reforma profunda. En otros, como las pensiones, a Tsipras le será mucho más difícil presentarse como un reformista de izquierda. En todo caso, al final todo dependerá de Bruselas, de cuánto más quiera apretar a Grecia. En realidad, ha sido así desde el primer rescate. Todo lo que pueden hacer los griegos, una vez han descartado rebelarse, es elegir al encargado de administrar su humillación. Y para eso se fían más de Alexis Tsipras.

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