Unos 250 euros cuesta un viaje en minibús para dejar atrás los abusos en Hungría
09 sep 2015 . Actualizado a las 07:56 h.Una fila de refugiados sirios se esconde detrás de unos matorrales, esperan la señal y salen corriendo para subirse en un minibús. A tan solo 300 metros de ellos está el centro de refugiados de Röszke, custodiado por la policía, pero no importa: las mafias han visto en este éxodo de miles de personas un negocio redondo. Muchos sirios denuncian que los autobuses que hay para llegar a Budapest son escasos, pero la vida dentro del centro de acogida, situado junto a la frontera con Serbia, no es «humana». Denuncian insultos y vejaciones. Así que huyen rompiendo el control policial y optan por recurrir a las mafias. 250 euros por un asiento en un minibús o entre 50 y 100 euros por una plaza en un camión que les lleve hasta la estación de Keleti, y poder salir de Hungría.
Mohamed, María, Basel y Dale duermen a la intemperie junto a la frontera con Serbia, no quieren entrar en el centro de Röszke por miedo a ser retenidos. Desean llegar lo más pronto posible a Suiza. «Allí tengo a mi hermano, nos espera, no queremos que nos cierren la frontera», relata el padre de Mohamed, economista de Damasco. De repente una fila de sirios irrumpe corriendo hacia una furgoneta mientras un grupo de serbios vigila por si hay policía cerca. «Claro, no me escondo, soy kurdo y vivo en Bélgica. Vi el negocio por la televisión, mi socio serbio me llamó y ahora trasladamos a los sirios y les damos comida», explica un traficante sin ningún tipo de pudor. Niega cobrar a sus compatriotas, pero los sirios que esperan su turno nos revelan la cifra, más de 200 euros, y ofrecen también viajes en camiones.
En espera de clientes
En las inmediaciones del centro de acogida de Röszke se puede diferenciar los contrabandistas de los refugiados. Desde Serbia, Rumanía, Eslovenia los coyotes pasan horas esperando a sus clientes, huyen de las cámaras y amenazan a los refugiados, pero el negocio de estas bandas criminales es ya un secreto a voces. «Vengo de Eslovenia y paso aquí el día viendo pasar los coches», nos dice uno de ellos, sonríe y hace un gesto al resto para que despejen la zona.
Mientras carga su móvil, el refugiado sirio Alí nos asegura que la policía no ha utilizado la fuerza y que el problema es de organización. «Hay demasiada gente para los pocos autobuses que nos llevan a Budapest». Alí y su amigo esperan colarse en uno de los minibuses ilegales que organizan los contrabandistas. «Nosotros no vamos a subir en un camión», se despide.
Para pasar desapercibidos las mafias contratan a una pareja local húngara para conducir la camioneta, utilizan de negociadores a sirios y empieza el negocio. «¿Nos puedes ayudar?», me pregunta Basel, de 8 años, en un perfecto inglés. «Mamá está mala y necesitamos ir a la ciudad». Corriendo, su madre avergonzada pide perdón y confiesa: «Ya hemos pagado nuestro billete a Budapest al coyote».
Tres horas más tarde los acompañamos en su camino a la estación. Tan solo dos controles de la policía en la carretera hacen que se rompa el silencio. Corriendo, intentan esconderse. Falsa alarma. Tan solo han parado el paso a un tráiler. «Espero que ninguno de los nuestros esté dentro de ese camión», suspira Mohamed, que abraza a su hijo exhausto después de 10 días de viaje.
Mientras, el primer ministro húngaro, Víktor Orbán, sigue mostrándose impasible. Su ministro de Defensa, Hende Csaba, dimitió el lunes de su cargo en protesta por la lentitud en la construcción de una nueva valla en la frontera con Serbia para frenar la entrada de inmigrantes y refugiados. Y mantiene su amenaza de mandar al Ejército el día 15 para bloquear la entrada de extranjeros en Hungría.