El órdago de Onassis

Marcos Escudero ECONOMISTA

INTERNACIONAL

Decía Aristóteles Onassis que hay que vivir siempre un poco por encima de tus posibilidades para aparentar más riqueza de la que realmente tienes. Eso es lo que ha estado haciendo Grecia durante los últimos lustros y, en gran parte, a costa de sus socios comunitarios. Han dilapidado miles de millones de fondos estructurales en retoques cosméticos sin abordar sus verdaderos problemas. Un país que destina el 10 % de sus empleos a un sector primario que solamente produce el 3 % del PIB es obvio que no necesita Juegos Olímpicos sino tractores y cosechadoras.

Hace mas de una década, hubo voces que pregonaron que el euro sería mal negocio para los países del sur de Europa. Su principal argumento era que en un área monetaria común los precios tenderían a igualarse, pero las rentas no. Así, si las economías de los países fuesen homogéneas, el efecto de la moneda única sería neutro, pero como las diferencias de renta eran (y son) elevadas, los efectos más negativos los sufrirían los socios más débiles, los que crecían a base de endeudamiento, los que tenían una economía sumergida más elevada, los que producían bienes y servicios de menor valor añadido y, en resumen, los que mantenían una productividad paupérrima y estancada debido a la carencia endémica de I+D, y todo a pesar de la ventaja competitiva de sus menores costes laborales. Hay países que lo han corregido parcialmente. Grecia no, y se ha empeñado en darles la razón a los agoreros.

Los bancos griegos amanecerán hoy cerrados, algo que se sumará a la previsible suspensión de pagos, con el cierre de la financiación exterior. Todo esto no parece compatible con la permanencia en el euro; y la creación de una nueva moneda debilitada provocaría una importante devaluación frente al exterior y unas tasas de inflación elevadas, que llevarán a un mayor desempleo. Solamente mejoraría la competitividad, pero Grecia ni fabrica ni exporta.

Da la sensación que el Gobierno griego ha lanzado un órdago sin cartas, y su única baza es el miedo que genera en sus socios el posible contagio de su desgracia. Pocas cartas parecen esas. También decía Onassis que era bueno teñirse el pelo de negro en las citas amorosas y de blanco en reuniones de negocios. Tsipras y Varufakis no han elegido bien el tinte, pero aún tienen una oportunidad de pasar por la peluquería.