No es cuestión de dioses, solo de poder


Plantea Houellebecq en su interesante fábula política Sumisión a un partido islamista a las puertas de la presidencia de Francia en un futuro cercano. A la hora de batirse en la segunda vuelta contra la candidata del Frente Nacional, los islamistas negocian con el Partido Socialista su apoyo y sobre la mesa ceden a los herederos de Hollande los ministerios que Occidente considera más relevantes. El de Economía, por ejemplo. O el de Defensa. El único que marcan como irrenunciable es el de Educación. Los islamistas, dice Houellebecq, quieren controlar especialmente la educación y, a través de ella, el futuro de una alta natalidad como una fórmula imbatible.

Es solo una fábula con la que el nunca inocente autor francés quiere hacernos cosquillas en la conciencia y subrayar la idea de que nada bueno puede ocurrir cuando quienes educan son los religiosos. Y es posible que le asista una parte de razón. Sin embargo, detrás de esa educación que antepone lo místico a lo científico, que obliga a la fe, que marca a los infieles, no hay más que las ambiciones de siempre: el control social para detentar el poder más cómodamente.

Cuando unos cuantos descerebrados empuñan un fusil de asalto para matar infieles, pensando que lo peor que les puede suceder es ascender a un limbo repleto de vírgenes o cuando una adolescente de Melilla cruza cien fronteras para acabar haciendo más agradables las horas de asueto de un combatiente islámico, se nos revela el formidable poder de transformación que tiene la religión perversamente utilizada: matar para difundir la palabra, inmolarse para honrar al dios del amor, al que odia a quienes no le rezan. Y todo empieza con la educación. Así que haríamos bien en no equivocarnos, porque no es cuestión de dioses. Es solo la forma de dominio que ejercen los de siempre.

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No es cuestión de dioses, solo de poder