En busca del milagro


En realidad, el Vaticano ya reconoció a Palestina en el 2012, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas acogió al país como Estado «observador». Sin embargo, aquel reconocimiento era más bien implícito. La novedad está en que ahora la Santa Sede se dispone a firmar su primer acuerdo formal con «el Estado de Palestina». Lo hace además con una coreografía pensada para darle un carácter aún más simbólico al gesto. No solo se ha hecho coincidir la visita a Roma del presidente Mahmud Abás con la canonización hoy de dos monjas palestinas (Marie y Mariam), sino que además las celebraciones se han programado a su vez en la semana en la que se conmemora la Nakba (la catástrofe). Este es el aniversario de la deportación forzosa de cerca de 800.000 palestinos en 1948 -muchos de ellos cristianos árabes- para hacer sitio al nuevo Estado de Israel. Al reunir todas estas referencias, el papa Francisco parece querer subrayar la que en realidad ha sido siempre la posición de la Iglesia católica en este conflicto, una posición que quedó luego desdibujada por el acercamiento de Juan Pablo II a Israel. Después de años de sentirse abandonados, esto es sin duda un alivio para los cristianos palestinos, una minoría muy activa políticamente.

Por lo que respecta a Israel, este estrechamiento de lazos entre Roma y Palestina llega en un momento inconveniente. El país acaba de dotarse de un Gobierno netamente de extrema derecha que rechaza la solución de dos Estados, y en realidad cualquier negociación de paz, lo que coloca su imagen internacional en una situación delicada. Ayer mismo se conocía que la nueva viceministra de Asuntos Exteriores -que será en la práctica la titular, puesto que el primer ministro Netanyahu se ha reservado esta cartera- es Tzipi Hotovely, una extremista partidaria de la anexión de Cisjordania que no estrecha la mano de los hombres porque lo considera pecado -también es una fundamentalista religiosa-. Es difícil imaginarla visitando al papa Francisco en el Vaticano para compensar los progresos que haga este fin de semana Mahmud Abás.

Pero, como siempre, conviene no exagerar las vulnerabilidades diplomáticas de Israel, que tienden luego a ser compensadas por el árbitro. Esta toma de postura del papa no gusta en Tel Aviv, pero era algo que se daba por descontado. Después de todo, la solución de dos Estados por la que está abogando el papa Francisco era la posición oficial de toda la comunidad internacional cuando parecía que Israel estaba de acuerdo. La forma en que han votado recientemente los israelíes deja bien claro ya no entra en sus planes -si es que entró alguna vez-, pero Israel confía en que sus aliados estratégicos (Washington, Londres, Berlín) se encarguen de limar las asperezas y los inconvenientes que esto provoque, y seguramente así será. El gesto del papa no carece de importancia pero, tal y como está el equilibrio de fuerzas en el tablero de la diplomacia, los palestinos van a necesitar algo más que el auxilio de un pontífice. Quizás un milagro de las nuevas santas Marie y Mariam.

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