Lubitz y Robin


Volar es trascender lo común. Vivir en el cielo nos impone una perspectiva suprema con respecto a lo terrenal, qué pequeño se ve todo, qué insignificante. Las más grandes ciudades se achican, se reducen a luciérnagas cintilantes y los seres humanos quedamos metamorfoseados en hormigas o desaparecemos. Desde arriba el valor de las cosas cobra otro sentido. En poco tiempo ascendemos y vemos el mundo con los ojos de Dios y en unas pocas horas descendemos al trasiego de lo rutinario. Lo normal, pero lo único que nos hace cobrar significado. Lubitz hizo suya esa montaña rusa y eligió la atrocidad de apoderarse del destino de 150 personas desde lo más alto. Él decidió desde arriba, por encima, y en la caja negra de su cerebro no hay más datos que su nombre: Lubitz. Lubitz. Lubitz. Por eso en la sinrazón de las respuestas imposibles solo otro nombre ha compensado tanta irracionalidad. El fiscal Robin, pegado al suelo, al lado de las víctimas, nos ha dado otra lección de humanidad. Sin el retocado compungimiento de otras personalidades institucionales ni la pose política a la que nos han acostumbrado. Robin hizo algo extraordinario con sentido común: encaró la verdad y la comunicó de un modo encomiable. Quizás sin pretenderlo nos ha dado el único consuelo: desde la tierra también se ve el cielo.

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