Las venas heladas de Europa


En este país nuestro tenemos una exótica tendencia a reducir los problemas al absurdo y, si podemos no estrujarnos demasiado las meninges, lo resolvemos todo con dos tópicos y un par de lugares comunes, con esa filosofía de barra de bar tan útil para fardar ante los colegas como imprecisa para hacer un análisis mínimamente decente de la realidad. Por ese afán de rebajarlo todo a un chascarrillo tuitero, nos da por confundir Europa con el BCE o con Angela Merkel. Como si Europa fuese un despacho y no un camino.

Pero hay otra Europa, que no cabe en los renglones torcidos de la macroeconomía, ni en el discurso miope de esos líderes que pusimos ahí para llevar el negocio mientras nosotros vamos y volvemos del trabajo, y que luego gobiernan mirando de reojo el teleprompter.

Hay otra Europa que no tiene nada que ver con las moquetas ni las liturgias políticas. Es la Europa de carne y hueso. Para mí, Europa es la de Josep Sabaté, que era de Sabadell, vivía en A Coruña y trabajaba entre Alemania y Hong Kong. Es la Europa de esos 16 chavales de un pueblo alemán llamado Haltern, a cien kilómetros de Düsseldorf, que ayer madrugaron mucho para subirse en la estación de Llinars del Vallès, en el cinturón de autopistas de Barcelona, a un tren de cercanías con destino al aeropuerto de El Prat. Era el último día de su semana de intercambio en el instituto Giola.

Su vuelo ya nunca llegó a Düsseldorf. Los 16 alumnos y las dos profesoras faltarán mañana a sus clases en el Joseph König Gymnasium, donde sus amigos catalanes habían estado de intercambio hace solo unos meses.

Esa Europa se estrelló ayer a dos mil metros de altura en los Alpes franceses. Y el continente se encogió en un puño, como si se esfumasen las distancias y las fronteras. Porque en A Coruña y en Haltern, en Llinars del Vallès y en Düsseldorf, a Europa se le helaron las venas. Las mismas venas.

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