Ocho minutos


Imagínese ese momento en el que está poniendo en marcha planes largamente ansiados. Esa ilusión con la que inicia un proyecto de trabajo o unas vacaciones. Y en ese estado de felicidad le sorprende un malhadado giro que le revela que su destino no es el paraíso sino la muerte. Ese es el viaje que vivieron los 150 pasajeros del Airbus durante ocho minutos, los ocho fatídicos minutos que el avión tardó en caer desde once mil metros de altura. Cuesta ponerse en la cabeza de quienes hablan directamente con la muerte, pero en un caso similar, un avión que se estrelló hace treinta años en Japón, las víctimas aprovecharon sus últimos minutos para escribir notas de despedida a sus seres queridos y rogarles que se cuidaran los unos de los otros.

Ya nada podemos hacer por las víctimas más que llorar su pérdida y solidarizarnos con el dolor de sus familiares. Pero sí podemos, y debemos, honrar su memoria cumpliendo sus últimos deseos en esos angustiosos ocho minutos finales: cuidar a sus seres queridos. Y eso pasa porque se esclarezcan las causas del accidente sin que queda ninguna sombra de duda. Y porque se depuren las responsabilidades que se deriven de lo que debe ser una investigación exhaustiva. No se puede prejuzgar nada, pero no puede repetirse el caso del accidente del avión de Spanair en Barajas. Nadie pagó penalmente, porque las culpas recayeron sobre los muertos; los pilotos advierten de que la mitad de las recomendaciones de la comisión de investigación siguen sin aplicarse años después; y las indemnizaciones a las víctimas son poco más que una limosna. No puede ser que resulte más barato pagar por un siniestro que invertir en seguridad. Ni esta puede relajarse para ahorrar costes o maximizar beneficios. En un medio de transporte tan controlado como el aéreo, los accidentes son siempre producto de una concatenación de causas y siempre hay humanos de por medio. Y eso debe aclararse. Son muchos los intereses económicos y comerciales en juego, y grande es la tentación de diluir las culpas. Pero nada hay más valioso que una vida humana. Se lo debemos y es nuestra obligación la de aclarar lo sucedido y hacer todo lo necesario para evitar que se repitan esos ocho trágicos minutos.

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