Camino escocés, encrucijada inglesa

David Cameron quiere que los procesos para otorgar autonomía a Escocia e Inglaterra discurran en paralelo, plan al que se oponen los laboristas y los nacionalistas del SNP

Un joven recordando con una inscripción el voto de Glasgow a favor de la independencia.
Un joven recordando con una inscripción el voto de Glasgow a favor de la independencia.

e. especial / Edimburgo

Hasta las seis de la mañana del viernes la cuestión era cuál sería el destino de Escocia. Ahora la pregunta es qué sucederá con Inglaterra. El sur se ha convertido en la nueva manzana de la discordia. El frente del unionismo, el Better Together, se agrieta a pesar de la victoria del no por más de diez puntos. El primer ministro británico, David Cameron, aseguró ayer que su intención es que ambos procesos discurran en paralelo. No concibe entregar poderes a Escocia sin concederle una mayor autonomía a Inglaterra. Cameron lanza la fórmula de prohibir a los diputados del norte votar en Westminster asuntos que solo atañen a Inglaterra. Y Ed Miliband, el líder laborista, acusa ahora a Cameron de dinamitar «el compromiso con Escocia». Críticas que también comparte su correligionario Alistair Darling, encargado de la campaña unionista.

El actual sistema del Reino Unido es asimétrico. Es como si Madrid no dispusiera de un parlamento autonómico y estuviera regido únicamente por leyes aprobadas por el Gobierno central, mientras el resto de las autonomías disfruta de capacidad para legislar en sus correspondientes cámaras. La queja de los ingleses es, literalmente: «Todos votan nuestras leyes. Pero nosotros no votamos las de los demás». Los unionistas prometieron transferencia de competencia a Escocia si ganaba el no en el referendo. Cameron confirmó que se ejecutaría, pero además amplió esa concesión a Gales, Irlanda del Norte e Inglaterra en el discurso que realizó cuando se confirmaron los resultados de la histórica votación.

Los plazos del documento firmado el sábado por los líderes de los tres partidos mayoritarios que será presentado hoy en la Cámara de los Comunes contemplan que el objetivo es que Escocia culmine la transferencia en enero del 2015. Las próximas elecciones generales se celebrarán en mayo del mismo año. Los tories podrán vender como un logro el autogobierno otorgado a los ingleses, grupo en el que cosechan tradicionalmente la mayor parte de los votos. Pero temen el potencial del Ukip, más euroescéptico y más de derechas que la formación de Cameron. En las elecciones europeas fue el ganador. Su líder, Nigel Farage, cosechó sobre un terreno que habían abonado los propios tories. En plena campaña del referendo, un diputado conservador de Westminster, Douglas Carswell, se pasó a las filas del Ukip y desató un pequeña crisis. La revista satírica Private Eye publicaba recientemente una portada cruel sobre el asunto. Cameron, sentado en una gran mesa, solo frente a una ministra, le preguntaba: «¿Dónde está el resto del gabinete». Ella respondía: «Se han ido al Ukip».

La debilidad de los líderes

La tormenta federalista ha pillado a los líderes de los grandes partidos a la intemperie, en un momento de debilidad. Cameron autorizó el referendo y ahora impulsa el proceso federalista, lo que no convence a todos los conservadores. Además, el alcalde de Londres, el carismático Boris Johnson, se deja querer como posible candidato alternativo para las elecciones del 2015. Ed Miliban todavía no controla de forma firme las riendas del partido, que intenta recuperar el electorado escocés, y ha recibido críticas de su propia formación por ser demasiado fiel a las propuestas de Cameron. De hecho, ayer cambió su estrategia con los ataques que lanzó a Cameron en declaraciones a The Observer. Y entre los liberales hace ya tiempo que se cuestiona que Nick Clegg siga apoyando desde el Gobierno los recortes de los conservadores, los más duros de las últimas décadas. Y todavía duele la derrota en el referendo en el que los liberales pedían un cambio en el sistema electoral que matizara el mecanismo británico de «gana el que llega primero» y premiara de alguna forma al segundo y al tercer clasificado de cada distrito electoral (una variación que beneficiaría significativamente a los liberales). Prácticamente el 70 % de los votantes rechazaron el cambio. Para muchos es como si Clegg hubiera vendido su alma al diablo sin obtener ningún rédito.

Críticas de Alex Salmond

Mientras, el todavía primer ministro de Escocia, Alex Salmond, aseguró ayer que los tres han engañado a los escoceses para votar no con una propuesta de autonomía «improvisada» y lanzada a última hora por miedo a la derrota en las urnas. «Están enfrentados entre sí. Cocinaron su promesa en el último momento, desesperados, en los últimos días de campaña. Y pienso que todos los escoceses se han dado cuenta ahora de ello», apuntó.

Salmond anunció su retirada como líder del Partido Nacionalista Escocés y jefe del Ejecutivo autonómico la jornada posterior a la votación. No será él quien negocie los nuevos acuerdos con Westminster. Previsiblemente, su sucesora será la actual vicepresidenta, Nicola Sturgeon. Aunque el ex primer ministro Gordon Brown, también escocés, se ha situado como el gran impulsor del proceso. Recorrerá el camino escocés. Pero en el horizonte se presenta también una encrucijada inglesa.

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