Cualquiera de los dos resultados marca más un comienzo que un final. El sí supone una auténtica tempestado política y el no, cumplir las promesas hechas a última hora
19 sep 2014 . Actualizado a las 07:00 h.Es un juego de palabras simpático: un tipo disfrazado de predicador loco, ropa descuidada, barba de carnaval, cargaba ayer por la tarde con el clásico cartel apocalíptico por las calles de Edimburgo. Solo que en este caso el cartel no anunciaba que el fin del mundo estuviese cerca sino que decía: «El principio está cerca». No estaba claro si el mensaje tenía algo que ver con el referendo de independencia, pero, a falta de conocer los resultados definitivos, se le puede aplicar, porque la sensación general es que el resultado podría ser más un comienzo que un final.
Una victoria del sí sería una auténtica tempestad política. Sus efectos se notarían en todo el mundo, y en particular en Europa. Ayer, Edimburgo era un desfile permanente de banderas de al menos media docena de causas nacionales: literalmente, había más esteladas catalanas que banderas escocesas. Para todas ellas, el sí supondría un impulso decisivo, no solo por el precedente sino porque el esfuerzo por encajar a una Escocia independiente en los organismos internacionales, y muy en particular la Unión Europea, haría aflojar muchos tornillos en las leyes y los procedimientos y facilitaría el camino a los demás.
En Gran Bretaña, los efectos serían por supuesto mucho más radicales. No solo el Reino Unido cesaría de existir sino que su versión reducida comenzaría su andadura con una profunda crisis política, comenzando, seguramente, con la dimisión el gobierno, seguida de una compleja transformación de sus instituciones que, ahora mismo, no prevén siquiera un Parlamento inglés pero sí uno galés, por ejemplo. El debate de la forma del Estado, lejos de terminar, recomenzaría, esta vez del otro lado de la frontera.
Pero también la victoria del no marcaría más un principio que un final. El enfado de los conservadores con David Cameron por la manera en la que ha llevado este asunto, incluso ganando, podrían pasarle factura. Los laboristas han perdido la confianza de muchos de sus votantes en Escocia, sin los que les va a ser difícil ganar las próximas elecciones. Pero, sobre todo, la promesa de última hora que hicieron los dos partidos de «más poder para Escocia» supondría la continuación del debate de la independencia por otros medios a partir de hoy mismo. El Partido Nacional Escocés sigue contando con una mayoría absoluta en el Parlamento de Edimburgo y ha demostrado su enorme capacidad de movilización. Cualquier resultado superior al 40 % lo fortalecerá a pesar de la derrota.
Pero ni siquiera será solo con ellos con los que Londres tendrá que negociar mayor autonomía. La campaña del referendo ha despertado un nacionalismo inglés que ahora reclama, precisamente, menos interferencia de la política escocesa en la inglesa y un parlamento propio como el que tienen en Escocia (lo que en el argot de aquí se conoce como la «West Lothian question»). Para muchos más aún en el Reino Unido, el ejercicio de autodeterminación de los escoceses obliga ahora a David Cameron a convocar un referendo sobre la pertenencia a la UE. Como decía el profeta de Edimburgo, todo amenaza con comenzar de nuevo.