Ayer Obama no las tenía todas consigo. Aunque contaba ya para su intervención en Siria con el apoyo de 31 senadores frente a 17 que han dicho que votarán en contra, otro medio centenar dudaba. Peor aún lo tenía en el Congreso: la deriva hacia el no parece imparable, con nada menos que 234 frente a 48 (y 153 indecisos). Es cierto que Obama se ha reservado el derecho a lanzar su ataque salga lo que salga, pero cuesta creerlo. Una cosa es ignorar al Parlamento, como he hecho Hollande, y otra muy distinta despreciarlo. Obama terminaría con todo su prestigio y dañaría el de la propia oficina presidencial. Ese sería, al final, su legado.
Todo eso es prematuro, en cualquier caso, porque a pesar de los números nada está decidido. La opinión de un congresista es solo el punto de partida para una negociación. AIPAC, el poderoso lobby pro-israelí (el mal llamado «lobby judío») ya se ha puesto en marcha para asegurarle el resultado a Obama, y si no lograse lo que quiere sería algo histórico, porque no hay precedentes. Su mayor dificultad estará en una sola palabra: «cristianos». El lobby religioso norteamericano se alía siempre sin fisuras con AIPAC, pero esta vez les preocupa dejar a los cristianos sirios a merced de los yihadistas con los que se ha aliado Washington. A alguno puede que no se le escape tampoco la ironía de que la votación coincida con el aniversario del 11-S. Será interesante ver el resultado.
Sin duda Obama se ha arriesgado mucho fiándose de la democracia, pero en el fondo es la mejor estrategia para lo que él quiere. Se repite mucho que los norteamericanos no apoyan la guerra, pero eso es lo habitual. Los conflictos internacionales les resultan siempre remotos y confusos al principio, pero los estudios muestran que si se hace que el conflicto domine las noticias y se lo dota de un discurso claro (real o no), la popularidad de la guerra crece hasta algo más de la mitad de la población rápidamente. Desde que cae la primera bomba, la solidaridad con el Ejército y la adrenalina multiplican el efecto. Al llevar el asunto al Capitolio, Obama se garantiza ese debate en el que él domina el discurso mediático.
El antiguo Senado romano también tenía el derecho a vetar guerras, pero los historiadores no encuentran que nunca dijese no a ninguna. Hasta ahora, tampoco el de EE.UU. Pronto sabremos si esta va a ser la primera vez o si los pasillos del Capitolio, y no la sala, demuestran de nuevo más ser el verdadero foro de la política estadounidense.