Después de muchas horas de reuniones y de un interminable tira y afloja con la troika (ese monstruo de tres cabezas que le quita el sueño a millones de europeos), el Gobierno luso acaba de poner sobre la mesa las líneas maestras de los recortes que habrán de cubrir el roto que la sentencia del Constitucional luso le ha hecho a los Presupuestos del Estado. De que resulten creíbles depende que el BCE, la Comisión Europea y el FMI vuelvan a rascarse el bolsillo y desembolsen los 2.000 millones de euros de la parte correspondiente a abril del rescate financiero que pidieron los lusos hace dos años. El oxígeno que alimenta la máquina de respiración asistida a la que vive enganchada desde entonces Portugal.
Todavía no se conocen los detalles. Los portugueses no saben aún qué nuevas maneras de apretarse el cinturón (más todavía) les aguardan. No hace falta. Saben que todo va a ser peor. Que las medidas los convertirán en ciudadanos más pobres de un país más pobre. Y todo, porque Europa no se apea del burro de la austeridad a machamartillo. Y eso que hasta el propio FMI achaca al empacho de austeridad la anorexia que aqueja a Europa. A la periferia, especialmente, pero también al corazón del euro: el organismo que pilota Christine Lagarde acaba de meter la tijera, y bien, a las previsiones de crecimiento de Alemania, Francia y Holanda para este año.
Cálculos erróneos
Y es que las cuentas de la austeridad no salen. Un argumento que cobra más fuerza aún ahora que dos reputados profesores de la Universidad de Harvard, autores de varios estudios que han servido de inspiración a Merkel y sus acólitos, han admitido que se equivocaron en los cálculos. A buenas horas. Cuando media Europa nada ya en recortes. Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart, esta última la mujer economista más influyente del mundo, patinaron al utilizar un programa informático que contenía datos históricos de decenas de países. Y el error riega de dudas su tesis de que los Gobiernos con una deuda superior al 90 % tienen graves dificultades para impulsar el crecimiento.
En sus escritos, Rogoff y Reinhart defienden, con una maraña de estadísticas que marean al más pintado, que es de vital importancia mantener a raya al déficit para que la economía no se ahogue. Y abundan en que con un pasivo de más del 90 % del PIB un país está abocado a la recesión. El propio comisario de Economía, Olli Rehn, se ha agarrado en varias ocasiones al argumento de que la austeridad resulta inevitable por aquello de que «serias investigaciones académicas» corroboran que una deuda elevada es todo un palo en la rueda de la recuperación.
Muchos agujeros
Pero, hete aquí que tres colegas de la Universidad de Massachusetts acaban de difundir un trabajo en el que denuncian que esa teoría está llena de agujeros. Los expertos, entre ellos un alumno aspirante a doctor que empezó a tirar del ovillo, descubrieron que existían errores en los cálculos. Según sus cifras rectificadas, los países con una deuda superior al 90 % no caen automáticamente en recesión, sino que pueden crecer a una media del 2,2 %, informa Colpisa. «No estamos sugiriendo que los Gobiernos puedan despilfarrar, pero un déficit administrado juiciosamente es la herramienta más efectiva para combatir un desempleo masivo», aseguraban en un artículo publicado ayer en el Financial Times. Rogoff y Reinhart ya se han defendido. Tras asegurar que el desliz en los cálculos se debe a un problema con el Excel, remarcaron que su «mensaje central» sigue siendo el mismo.