Los culpables del caos


Una protesta por la condena a muerte de 21 personas termina con la muerte de 31. Es una ironía trágica que parece aún más absurda porque no encaja en el conflicto islamismo-laicismo a través del cual insistimos en interpretar, de manera simplista, todo lo que ocurre en Egipto. Aquí son seguidores de un equipo de fútbol los que se enfrentan a la policía a tiros.

Hace un año, en los disturbios que motivaron estas condenas a muerte, también habían chocado hinchas de dos equipos, y entonces murieron más de setenta personas. La necesidad de darle algún sentido a lo ocurrido hizo que se quisiese ver detrás de todo esto la mano negra del ejército o los partidarios de Mubarak. No era cierto. Ayer se quería ver en los seguidores de un equipo de fútbol a opositores al islamismo. Tampoco es cierto.

No se trata de ideología sino de caos, un caos que tiene muchos responsables. En primer lugar está el motín permanente de la policía egipcia, que se niega a cumplir con su cometido, todavía escocida por su derrota en la Primavera Árabe. La masacre de hace un año fue en gran parte provocada por esta inhibición de las fuerzas de seguridad, que se limitaron a apagar las luces del estadio sin entrar en él, provocando un movimiento de pánico que causó la mayor parte de los muertos.

También el estamento judicial ha venido boicoteando el proceso de transición. Sus refriegas con el ejecutivo islamista se presentan a veces como defensas del laicismo, pero la realidad es que están mucho más motivadas por el corporativismo de los jueces y su nostalgia por el régimen anterior, como delatan estas disparatadas condenas a muerte. Con estos magistrados ha forjado una alianza oportunista la oposición laica, que también tiene su parte de culpa en el desgobierno, al ignorar la base de cualquier democracia, que es la aceptación de los resultados electorales.

Por supuesto, la mayor responsabilidad corresponde al propio Gobierno de Mohamed Mursi. La propaganda opositora, que insiste en presentarle como un dictador, no deja ver su verdadero problema, que es justamente su debilidad institucional y su incapacidad para gestionar el día a día (y ya no digamos la economía). Esa debilidad deriva en parte de su falta de experiencia (y talento, quizás); en parte de su pacto con los militares, a los que ha proporcionado impunidad a cambio de neutralidad; y también de la incapacidad crónica de los Hermanos Musulmanes para forjar acuerdos con otras fuerzas.

El resultado es una caricatura, un ejecutivo con modales autoritarios pero escaso poder real. Y la consecuencia, paradójica, es el descontento ante el deterioro del orden y estallidos aleatorios de violencia.

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