¿Marcará la masacre de Newtown un antes y un después en la cultura norteamericana de las armas? La respuesta corta es: probablemente no. La larga requiere de algunos datos más.
El viernes, el presidente Obama prometió, entre lágrimas, «buscar juntos la manera de tomar decisiones significativas para prevenir futuras tragedias como esta, dejando a un lado las diferencias políticas». En Europa, muchos comentaristas lo han interpretado como un compromiso de que se pondrán límites a la compra-venta de armas.
El problema es que esa declaración de Obama no se diferencia de la que hizo, por ejemplo, en el 2011, después de que otro francotirador matase a seis personas en Tucson e hiriese a una docena más, entre ellas a una congresista amiga personal del propio Obama. Entonces, el presidente dijo: «No podemos permanecer, y no permaneceremos, pasivos ante semejante violencia». Sin embargo, no hubo ningún cambio en la legislación, ni siquiera una propuesta en ese sentido. Como tampoco las ha habido tras las matanzas de Wisconsin y Colorado, ni después de los otros catorce ataques de francotiradores que han tenido lugar este mismo año.
Las palabras de Obama pueden parecer una condena de las armas, pero para un norteamericano el código está claro: «unirse en la desgracia» quiere decir que el presidente no utilizará este caso para hacer política, «decidir juntos» significa que no hará nada sin el consenso, imposible, de los republicanos. Mientras, la insistencia de los medios en presentar a los francotiradores como psicópatas e indagar en sus traumas de infancia es una forma de difuminar el papel de las armas en la tragedia. Que es exactamente lo que la mayoría del público desea.
Las encuestas son bastante claras al respecto. No solo son minoría los que abogan por el «control de las armas» en Estados Unidos sino que, paradójicamente, nunca han sido menos que ahora. Su número ha venido cayendo un punto porcentual cada año desde 1990. Más llamativo aún resulta el efecto decreciente que tienen las matanzas en la opinión pública. Cuando se produjo la de Columbine, en 1999, el porcentaje de personas contrarias a las armas creció en torno a un 10 %, alcanzando su máximo histórico. Sin embargo, ninguna de las masacres posteriores ha vuelto a tener un efecto parecido. Esta última de Connecticut, al darse circunstancias especialmente sensibles, como la edad de las víctimas, podría ser la excepción. Pero, a estas alturas, los partidarios de las armas (y el presidente) saben que tan pronto como pase la impresión inicial los números volverán a darse la vuelta. Es lo que sucedió al poco tiempo tras Columbine
Como mucho, Obama podrá proponer restricciones para los tipos de armas más peligrosas (las de asalto) y el tamaño de los cargadores, o alguna garantía adicional a la hora de la compra. Pero incluso esto pasaría con dificultad en un Congreso dominado por los republicanos y, en todo caso, no evitaría la mayor parte de los crímenes con armas de fuego. Por ejemplo, el del viernes en Newtown.
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