Esta es la primera victoria del Barack Obama de verdad. Ahora ya no se votaba para hacer historia, sino por lo que es: un presidente honrado y serio que rehúye la confrontación
08 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.En cierto sentido, esta es la primera victoria de Barack Obama. Al menos si hablamos del Obama de verdad. El que arrasó hace cuatro años no era él. Aquel era un Obama que se creía Obama, e interpretaba el papel con un lenguaje prestado de la canción góspel y el cine de Capra. Eso se acabó. No se puede votar más que una vez por el primer presidente negro de Estados Unidos, así que ahora ya no se votaba para hacer historia. De hecho, una victoria de Romney habría sido más revolucionaria: un mormón, el primer presidente no cristiano. No, esta vez a Obama se le ha votado, o no, por lo que es: un presidente honrado y serio que rehúye la confrontación. Y se le ha votado también a pesar de lo que es: un presidente que se escuda en el consenso y, sí, rehúye la confrontación. Virtudes y defectos son a veces indistinguibles en un presidente.
La victoria de Obama no solo es más real, también es más rotunda de lo que puede parecer a simple vista. Lo escaso del margen en el voto popular es engañoso. No refleja un país dividido, como tanto se ha repetido en las últimas horas. Entre el 43 % que no vota, la preferencia por Obama es de 2,5 a 1. Si casi todas las elecciones norteamericanas tienden a resultados igualados la explicación hay que buscarla en la estadística.
Ajustes en el discurso
Es el «Teorema de la mediana del votante»: los partidos van ajustando su discurso en busca del electorado del centro, el más numeroso, hasta que chocan en un punto que tiende a estar en el medio justo. No son los electores los cambian de opinión, sino los partidos. Toda una lección sobre en qué consiste la política. Tan solo circunstancias especiales alteran gravemente este equilibrio: un candidato muy flojo, otro extraordinario, un escándalo o una gestión catastrófica. Nada de todo esto concurría en estas elecciones, tan solo el hecho objetivo de que Obama tiene más empaque de presidente porque ya es presidente.
A la vez, esta victoria rotunda de Obama no deja de ser una simple extensión de plazo. «Cuatro años más» decía el tuit oficial de la Casa Blanca; un desafortunado eslogan que puede sonar tanto a esperanza como a rutina. Ya se está diciendo que los presidentes tienen más libertad en sus segundos mandatos porque no miran tanto las encuestas. Son tópicos; hay ejemplos para todos los gustos. El problema que atenazó el primer mandato de Obama sigue ahí, exactamente idéntico: el Congreso está en manos de los republicanos. Estados Unidos, merece la pena reiterarlo, no es una república presidencialista. Son las cámaras las que dicen sí o, últimamente, no a todo. Otro tópico reza que, puesto que Obama no será un rival dentro de cuatro años, los republicanos no tienen motivos para oponérsele ferozmente. Eso es ignorar que la esencia misma del sistema es la confrontación. El bipartidismo es un púgil que boxea contra su sombra, y ya que les toca hacer de sombra, los republicanos no renunciarán a ser también pared.
«Con un perrito es suficiente», le decía ayer Obama en el discurso de la victoria a su hija, a la que había regalado una mascota la vez anterior. Quizás ese era el mensaje de verdad en un discurso lleno de retórica: no esperen mucho más que lo que hay.
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