Las encuestas aseguran que Obama ganó el debate de la madrugada pasada pero, para cualquier gallego que haya asistido a los que se celebraron aquí con motivo de nuestras autonómicas, ese dato es quizá el que menos interés despierta.
Es cierto que tiene miga. El triunfo del presidente le permite rehacer su figura y disipar la sensación de pánico que invadió a sus huestes tras la desangelada actuación de Denver, hace dos semanas, lo que le concede la iniciativa un par de días. Pero tampoco es una victoria definitiva que permita dar por hecha su reelección.
No suprime la igualdad que reina en la campaña sino que la conduce a una fase todavía más reñida, en la que los dos contendientes están casi a la misma distancia de ganar y de perder, separados entre ellos por un par de puntos que oscilan según las contingencias de la actualidad.
Entonces, ¿por qué pasar a segundo plano un escenario tan disputado? Porque las formas de escrutinio público a las que deben someterse los presidenciables en EE.UU. dejan ver la lejanía que todavía existe entre ellos y nosotros en materia de comunicación política, pese a lo mucho que ha avanzado Galicia en este terreno los últimos años.
Lejos de lo que se entiende aquí por un debate, un mero trámite acartonado en el que los aspirantes no corren el menor riesgo de ver descalabradas sus estrategias en interés del público, el que se celebró en Nueva York se asemejó por momentos a la idea que nos hemos hecho del juicio final. Tuvo mucho de trance supremo en el que una respuesta equivocada o inconsecuente podía conducir a una condena.
Es mérito de un formato que deposita en un grupo de ciudadanos que todavía no decidieron a quién votar la misión de convertir sus dudas y desacuerdos con los candidatos en preguntas no filtradas por los equipos de campaña. El mecanismo, concebido con una función informativa y no simplemente propagandística, tiene la virtud de contribuir a la formación de opinión mejor que otras modalidades de comunicación electoral, al situar a los candidatos ante una situación de la que no son dueños y en la que se ven mejor sus limitaciones.
¿Llegará algún día a Galicia? ¿Es mucho soñar que, vista la utilidad de la fórmula, la adoptemos aquí o tendremos que resignarnos a que solo la practiquen otros?