El régimen trata de ganarse a los indecisos

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

11 may 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

No hay que llamarse a engaños: los últimos atentados de Damasco, lo mismo que los cinco anteriores, son obra de la oposición siria; o mejor dicho, de una rama particularmente violenta de la oposición. No existe ninguna prueba (ni ninguna lógica) que sostenga la teoría de la conspiración según la cual las fuerzas de seguridad de Bachar al Asad estarían poniéndose bombas a sí mismas para suscitar la simpatía del mundo. El régimen difícilmente puede esperar ninguna simpatía exterior y sí necesita, y mucho, mantener alta la moral de sus Fuerzas Armadas. La propia CIA no tiene duda de que tras los atentados está la rama iraquí de Al Qaida, que se ha sumado a la heterogénea coalición de enemigos de Al Asad.

Tampoco se pueden confundir los deseos con la realidad respecto a la tregua negociada por la ONU. Ninguna tregua es perfecta, pero parece claro que la violencia ha disminuido sustancialmente desde que se acordó. Incluso el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (una organización de la oposición muy parcial y con un preocupante historial de intoxicaciones) ha moderado considerablemente sus cifras de muertos y heridos. Esto no significa que el régimen se haya vuelto pacifista, sino que ha logrado controlar la situación militar con una eficacia tan sorprendente como deprimente.

Si consigue mantener ahora la calma a lo largo de las próximas semanas, se abrirá un espacio para las reformas más o menos cosméticas anunciadas por Bachar al Asad y que han comenzado con las elecciones del pasado lunes (todavía no hay resultados).

Esto, lógicamente, inquieta a los opositores, cuya visibilidad se desvanece a medida que la tregua va normalizando la situación y la atención de los medios se dirige a otros asuntos de actualidad. Pero atentados como el de Damasco los perjudican más aún si cabe, porque los marginan de la dinámica de la revuelta, que ya está en manos de grupos mucho más radicales, y porque pueden empujar a la mayoría silenciosa hacia las promesas reformistas del régimen.