Apocalipsis es una palabra griega. No significa desastre, sino revelación. Pero las elecciones de hoy en Grecia podrían acabar siendo ambas cosas, si hemos de creer los pronósticos de que los votantes, radicalizados por la crisis económica, se disponen a elegir al Parlamento que podría sacarlos del euro. Es la vieja tesis de que la crisis favorece el auge de los extremismos, una tesis menos fundamentada históricamente de lo que se cree.
Tampoco lo está en este caso. Una lectura más atenta de los sondeos nos cuenta una historia distinta. A pesar de lo mucho que se ha hablado de ella, la extrema derecha, en conjunto, no llegaría al 10 %. Es decir, muy por debajo de su equivalente en Francia, Holanda o Italia. Lo mismo puede decirse del Partido Comunista, al que los sondeos también sitúan por debajo del 10 %.
Más bien lo que ocurre es que el centro político (Nueva Democracia, conservador, y Pasok, socialista) se ha fraccionado entre los que aceptan y los que rechazan el pacto con la UE (el Memorándum), pero sin variar apenas las preferencias políticas. Es la escisión de los Griegos Independientes la que ha hecho perder votos a Nueva Democracia (en conjunto tendrían un 33 %). Del mismo modo, si sumamos la intención de voto de los socialistas y afines, tendríamos un 36 %. No hay, pues, radicalización, sino fragmentación, y es el Memorándum, no la crisis, lo que la provoca.
Igualmente, la esperanza que ponen Bruselas y Berlín en que se pueda formar una coalición estable Pasok-Nueva Democracia parte de otra lectura equivocada de las dinámicas de la política griega. Nueva Democracia rechaza esa solución, que convertiría al socialista Venizelos, por mayor sintonía con Bruselas, en el motor del Gobierno. Sus dirigentes reconocen en privado que su estrategia es dejar que el Pasok se hunda en estas elecciones y forzar la celebración de otras en junio o, como muy tarde, en otoño. Para entonces los votantes habrían calmado sus ansias de castigar al sistema y Nueva Democracia, teoría, podría gobernar en solitario. Mejor, incluso, para Bruselas.
Pero es una hipótesis. Lo único que es seguro es que la inestabilidad política en Grecia está garantizada en los próximos meses, lo que, en la práctica, puede tener los mismos efectos que si los griegos eligiesen un Gobierno antimemorándum. Los plazos del rescate no encajan bien con los de la democracia. Incluso a un Gobierno fuerte le costaría cumplir con Bruselas, a otro ocupado con hacer política interna puede resultarle imposible. Y esto es quizá lo que debería preocupar en Bruselas: no tanto las decisiones que toman los votantes griegos en función de sus intereses como las que tomarán sus dirigentes en función de los suyos.