Sabotaje en el cambio de vías

Leoncio González

INTERNACIONAL

Tanto si es un lobo solitario como si se trata de un soldado perdido de Al Qaida, o de un descerebrado que explota sus cinco minutos de gloria revistiendo sus crímenes infames bajo una retórica yihadista, no hay duda de que Mohamed Merah está teniendo una incidencia en la vida pública francesa desproporcionada para lo que es admisible en un asesino. No la ha conducido a una situación de emergencia, porque el sistema nervioso del Estado ha seguido funcionando bien, pero sí que ha conseguido una atípica suspensión de la normalidad.

Esa interrupción se nota sobre todo en el giro de 180 grados que ha sufrido la campaña presidencial. Lo haya pretendido o no, la conducta de Merah evoca la de un saboteador que acciona la palanca del cambio de agujas que regula la dirección del convoy que va a pasar por ese tramo de vía. Si empezó tratando sobre la mejor manera de salir de la crisis económica, se puede apostar que la carrera hacia el Elíseo no tardará en versar sobre las medidas para garantizar la seguridad interna. Un tema que inicialmente no tenía un lugar destacado en la agenda, como el terrorismo de origen islamista, ha pasado de repente a primer plano desplazando asuntos prioritarios hasta hace unas horas.

En parte es inevitable. Una de las primeras obligaciones de los dirigentes es velar por la seguridad a los ciudadanos y no se puede pretender que vivan abstraídos de la realidad, dentro de una burbuja, haciendo como que los crímenes de Montauban y Toulouse no hubiesen ocurrido. Pero dicho esto tampoco se pueden dejar de señalar las maniobras de signo electoralista puestas en marcha para explotar el dolor.

La rapidez con que ha sido localizado el asesino de la moto es la expresión de un buen funcionamiento de la policía que Sarkozy no tardará en esgrimir en señal de que los franceses están bien protegidos si siguen confiando en él. Una campaña que se presumía tormentosa para el presidente se hace, así, más llevadera e incluso más prometedora.