Lo que pasa con Mitt Romney puede resumirse como el misterioso caso del candidato que cuanto más vencía menos convencía porque, si se considera el único dato que realmente importa, el número de delegados, ha ampliado la ventaja en relación con sus rivales y ha dejado en evidencia sus limitaciones. Su inmediato perseguidor, Rick Santorum, mordió el polvo en los dos últimos grandes asaltos que promovió para cazarlo, Michigan y Ohio; Gingricht solo se impone en el Profundo Sur mientras que Ron Paul no lo hace en ninguna parte.
Sin embargo, con cada triunfo que luce en su casillero, el antiguo gobernador de Massachusetts deja muchas dudas sin responder y permite que aparezcan otras nuevas. Esperaba salir del supermartes con la nominación en el bolsillo, igual que hicieron George Bush hijo y John McCain en los años 2000 y 2008, pero la conclusión que se extrae de las votaciones es que no arrolló a sus contrincantes y que hay primarias para rato.
El triunfo por los pelos en Ohio y el resultado adverso en Georgia significan, además, que se le resiste lo que algunos analistas denominan el corazón del Partido Republicano: una coalición formada por el voto evangélico, el de los conservadores sociales y facciones del Tea Party que no se resignan a dejarse representar por él.
Esto lo sitúa en el escenario menos favorable, tener que seguir dedicando atención a sus adversarios internos en lugar de concentrarse en el cuerpo a cuerpo con Barack Obama. No podrá sonreír en la convención de agosto si se desentiende de la tarea, pero a medida que se involucre en ella rebajará las posibilidades de resultar creíble después.
Si se compara el Mitt Romney de hoy con el del otoño pasado se verá que, en un esfuerzo por allanar la hostilidad de las bases que le son esquivas, se ha ido escorando más y más a la derecha en perjuicio de sus credenciales centristas originales. Esa desviación le ha enajenado ya parte del electorado hispano y del femenino, como consecuencia de las posturas ultraconservadoras que se ha visto obligado a adoptar en materia de inmigración y de derechos de la mujer para desactivar las ofensivas desatadas por sus rivales en esos terrenos. Con toda probabilidad, tendrá que derechizarse aún más de aquí a agosto si no consigue que capitulen antes y esto le costará perder simpatías entre otras capas de votantes independientes.
El establishment republicano insiste en que pondrán el reloj a cero en las presidenciales, pero es improbable que olviden todas las concesiones que ha hecho y que aún tendrá que hacer hasta conseguir la proclamación. Es un caso evidente en el que las garantías que le exigen los suyos para darle su apoyo limitan sus opciones de ganar después.