Una disculpa que encierra una indirecta

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

H ace apenas un año todo parecía ir más o menos encaminado en Turquía respecto a la cuestión kurda. Encaminado hacia un proceso», se entiende, no hacia una solución. En aplicación de su política de «apertura kurda», el primer ministro Erdogan había hecho algunas concesiones a esta minoría, insuficientes pero importantes, como el derecho a hablar su lengua en público o su gesto de entrevistarse con el encarcelado líder guerrillero Abdulá Ocalan. Sobre todo, Erdogan, facilitó la integración de los partidos kurdos en el proceso político, a lo que estos respondieron sustituyendo su programa independentista por la reivindicación de una autonomía como la del Kurdistán iraquí. Incluso los guerrilleros del PKK se sumaron sorprendentemente a esta nueva estrategia.

Pocos meses después, las cosas parecen haberse torcido. Los tribunales turcos, muy influidos por el Ejército, lograron impedir mediante artimañas legales que muchos diputados kurdos ocupen sus escaños tras las elecciones; el frente kurdo se dividió entre izquierdistas y conservadores; y finalmente volvieron los atentados del PKK en Ankara, aunque fuese a través de su marca blanca, el TAK (Halcones de la Libertad del Kurdistán). Por si fuera poco, la inestabilidad en Siria y en Irak ha reactivado a los guerrilleros de las montañas. En consecuencia, Erdogan se ha visto forzado a permitir que el Ejército reanude sus incursiones en Irak que, como suele ocurrir, han terminado en una matanza de civiles.

No cabe pensar que Erdogan esté contento con la masacre, pero en cierto modo lo beneficia, porque ahora podrá utilizarla para poner coto al Ejército durante un tiempo. Es bajo esta luz como hay que ver la rapidez y claridad con la que se ha disculpado Ankara por el incidente. Al pedir perdón, Erdogan amonesta indirectamente al Ejército mientras, de paso, recupera el prestigio internacional que ha ido ganando en los últimos tiempos.