La asombrosa remontada de la viuda de Kirchner

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Se puede decir que los comicios que se celebran hoy en Argentina son unas elecciones a jefe de la oposición, tan pocas son las dudas de que Cristina Fernández de Kirchner va a renovar fácilmente su mandato. Se trata de una asombrosa resurrección política, considerando las dificultades y los errores que plagaron sus primeros años en el poder. Todavía en el 2009 se encontraba hundida en las encuestas de popularidad. Había perdido el control del Congreso y hasta casi el de su partido. Eran los tiempos en los que un humorista que la imitaba en televisión casi llegó a convertirla en un chiste. Ya no es así.

¿Qué ha ocurrido? La luna de miel de Cristina Fernández con su electorado tiene bastante de circunstancial. Argentina se ha beneficiado de la locomotora brasileña, que absorbe la mayor parte de sus exportaciones, y esto en un contexto de precios altos. En plena recesión mundial, ha estado creciendo al 6 %, lo que permite a la presidenta mantener un programa de estímulos, lo contrario de la austeridad que Europa se ha recetado a sí misma (Argentina, por el momento, parece tener razón). Otra cosa es que los datos de inflación enmascaren un calentamiento de la economía, que seguramente se esté dando ya. Pero eso es algo con lo que Cristina Fernández tendrá que lidiar más adelante. No ha sido tema de debate en la campaña. Cuando va bien, la economía no hace ruido.

El populismo, su capital político

Pero, además, Cristina Fernández le ha acabado cogiendo el punto a su propio populismo, el verdadero capital político que lo define todo en Argentina, y sobre todo en ese magma inconcreto que es el peronismo. En lo personal ha encontrado su imagen pública en la de la viuda sufriente y madre cómplice. En lo ideológico, Cristina Fernández, que procede del ala izquierda del peronismo, ha retomado el discurso social que sus antecesores Menem y Duhalde habían sustituido por una política agresivamente liberal. No ha sido tanto un giro a la izquierda como una recuperación del poder del Estado, una especie de progresismo autoritario que no está reñido con el apoyo de los barones conservadores del peronismo, algo indispensable para mantener el control a nivel local.

El resultado es que Cristina Fernández ha terminado por desalojar a sus rivales de dentro del partido en las primarias obligatorias que ella misma impuso. Esos rivales internos, al insistir en presentarse a las elecciones a pesar de todo, van a hacerle el gran favor de dividir y debilitar a la oposición. Esta competición por el segundo puesto tendrá tintes especialmente desesperados para Ricardo Alfonsín, cuya Unión Cívica Radical puede perder toda relevancia política si se ve superada por los socialistas. Pero si es un peronista disidente quien se alza con la medalla de plata (que en política no vale casi nada) podría ser malo para todos. Supondría prácticamente el fin de la oposición como contrapeso al poder. Y quizá Argentina ha estado siempre más necesitada de una oposición fuerte que de un Gobierno fuerte. De esos, ha tenido bastantes.

Todo parece indicar que los seguirá teniendo, porque el triunfo de Cristina es tal que ya ha empezado a hablarse de reformar la Constitución para permitir nuevos mandatos, o instaurar un sistema a la rusa, en el que se pueda jugar con la rotación de los cargos de presidente y primer ministro.