La transformación del joven sargento

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

19 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

S in duda, es una amarga píldora para Israel esta de verse obligado a liberar a un millar de prisioneros palestinos a cambio de un solo prisionero israelí. Su consuelo es que, a cambio, una vez más su lenguaje ha sido aceptado sin discusión por los medios de todo el mundo. A pesar de que cuando el sargento (no soldado) Gilad Shalit fue capturado se encontraba en el interior de un carro de combate, armado y uniformado en una zona de guerra y en medio de un tiroteo en el que hubo muertos por ambos bandos, una intensa campaña ha logrado que su peripecia haya llegado a interpretarse, asombrosamente, como un secuestro, y no de un militar sino de una especie de civil. Más aún: su nombre se ha convertido, quizá, en el del prisionero más conocido del mundo, muy por encima de cualquier preso de conciencia en la lista de Amnistía Internacional, una organización que tiene a gala excluir de esa categoría a aquellos que forman parte de grupos armados o ejércitos, como Shalit.

Pero este éxito en la guerra de la imagen no puede atribuirse esta vez a la maquinaria del Gobierno israelí, al que este canje le ha venido impuesto. Y no tanto por Hamás, cuya propuesta era la misma hace cinco años que ahora, sino por los padres de Shalit. Fueron ellos quienes, con la ayuda de la firma publicitaria Cohen-Shenkman y con una perseverancia casi sobrehumana, lograron convencer a los demás israelíes de que Shalit era un soldado como ellos, y al resto del mundo de que no era un soldado del todo. A la larga, el Gobierno no ha tenido más remedio que ceder, pero si en la liberación hay algún mérito es a la familia a la que corresponde.

Lo que no quiere decir que, una vez aceptado el mal trago, el Gobierno no haya querido aprovecharlo en lo posible. Y así, Netanyahu, que ha llegado a escribir hasta tres libros para explicar que no se debe ceder nunca en esta clase de situaciones, se reservó el privilegio mediático de ser el primero en estrechar entre sus brazos al liberado. «Os he traído a vuestro hijo de vuelta», les dijo solemnemente a los padres. Solo entonces Noam y Aviva pudieron abrazar a su hijo.