Que Italia haya presenciado más de 50 mociones de confianza los tres últimos años dice mucho del grado de putrefacción de la política italiana. El mecanismo, cuyo sentido inicial es reforzar al Ejecutivo para remontar una crisis parlamentaria, ha perdido su carácter excepcional para convertirse en la forma usual de dirimir desavenencias dentro de la derecha.
Funciona de forma parecida a un chantaje. En ausencia de un debate interno fluido, un grupo de diputados que se sienten maltratados por el primer ministro lo empujan al pie de los caballos, colocándolo en una situación de minoría que le impide sacar adelante proyectos importantes. Cuando ocurre, se oyen redobles de tambor y una enfervorizada algarabía anuncia el fin de los días de Berlusconi.
Son falsos anuncios. El objetivo de los rebeldes no es hacerlo caer y forzar elecciones, porque eso podría suponer el fin del negocio y lo que ellos quieren es únicamente ampliar su cuenta de resultados. Esto es lo que explica que Il Cavaliere haya salido indemne de tantas encerronas de este tipo. Sitúa a los suyos ante el desastre colectivo que sería para todos que tenga que marcharse al tiempo que busca la manera de saldar cuentas con los díscolos.
Lo que ocurre es que la generalización de este sistema corrompe el significado de la moción. Superarla ya no significa una victoria duradera que restaura el crédito de quien la pasa, ni le permite abrir una etapa nueva libre de lastre. En el mejor de los casos, le proporciona una tregua efímera. Se romperá en el momento en que aparezcan otros agraviados y exijan lo que creen que les corresponde.
Dada la incapacidad de la oposición para fabricar una alternativa, será así hasta que Berlusconi se aburra o hasta que los que están a su lado crean que pueden ganar más desembarazándose de él que manteniéndolo al frente de la empresa.