La herida está abierta en las escuelas

mercedes gallego NUEVA YORK / COLPISA

INTERNACIONAL

Numerosos adolescentes musulmanes o de otras minorías son relacionados con el terrorismo por sus compañeros

10 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

«Tu padre mató a mi familia y yo te voy a matar a ti».

Al primo de Amrita Kalicharan, que es quien contó la anécdota en una audiencia sobre el 11-S, se le erizó la piel al oír la amenaza. «Mi primo ha nacido en Estados Unidos y nunca ha salido de aquí. Nunca se mete en problemas. Su único delito es no ser fan de los Yankis, pero este mensaje se lo dieron por llevar un turbante en la cabeza».

Lo más irracional de la guerra contra el terrorismo que patentó George W. Bush no se libra solo en los aeropuertos o en países lejanos de ultramar, sino en muchos patios de los colegios norteamericanos y, en particular, los de Nueva York. Allí es donde los adolescentes que hace diez años tuvieron que encajar los mensajes simplistas con los que sus padres intentaban protegerlos del trauma causado por los atentados terroristas experimentan las consecuencias y repican la ignorancia de sus progenitores.

Amrita es una chica valiente de las que no tienen miedo a alzar la voz, pero muchas minorías han optado por encerrarse en su comunidad y aislarse del resto ante los sentimientos de rechazo que perciben. Ni siquiera tienen que ser árabes para sentirse atacados. Basta con que sean percibidos como musulmanes para que otros niños los consideren terroristas, una palabra que hace diez años ni conocían.

«Escuchábamos a los mayores decir que habían sido terroristas y pensábamos que decían turistas», confesó a la revista Newsweek Bryan Gamez, que entonces tenía diez años. «Mi padre intentaba explicarme lo que era Al Qaida y para mí no tenía ningún sentido».

Los que han venido detrás han tenido que hacer un máster precoz sobre pueblos y religiones para poder contestar a las preguntas de otros niños. «¿Es verdad que en tu familia todos sois terroristas?», le preguntó al hijo de Lena Alhusseini un amigo de la escuela. El muchacho tiene 13 años y «en lugar de discutir sobre videojuegos se pasa la vida explicando su religión», se queja su madre, una palestina que dirige un centro educacional para emigrantes en Brooklyn. «Son niños. Lo que quieren es jugar con otros niños, no ser la enciclopedia de Oriente Próximo».

Los expertos recomiendan que, cuanto más corta sea la edad del niño, más simple sea la explicación que se le ofrece, pero Pat Somers, psicóloga de la Universidad de Tejas, advierte de que hay que tener cuidado con lo que se les dice para no dejar flotando ese miedo abstracto a merced de la imaginación infantil.

«¿Hombres malos que vienen a atacarnos? ¿Quiénes son los hombres malos?, se preguntará el niño. ¿Mi profesor? ¿Mi vecino? ¿Todos los musulmanes?», explica la profesora que ha estudiado con detalle a la generación del 11-S. «El miedo es una emoción reactiva de corto plazo. Después vendrá la ira, y esa es más peligrosa».

«¿En tu familia sois terroristas?», preguntó a un niño palestino un amigo del colegio